Una vez que Berganza escapa para que no lo mate su amo, llega a unos rebaños que al verlos pensó que sería un buen lugar para quedarse. Un pastor que le vio le llamó y le examinó para ver si seria bueno para ayudarle a cuidar el rebaño; viendo el pastor que sí; se lo llevó con él y le puso por nombre Barcino, le dio de comer. Todos los días se tomaba la siesta, en las cuales se ponía a pensar sobre los libros que había oído que trataban sobre los pastores y no tenían nada que ver con la realidad:
"…pareciéndome ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden. Apenas me hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban, cuando diciendo ''¡To, to!'' me llamó; y yo, que otra cosa no deseaba, me llegué a él bajando la cabeza y meneando la cola. Trújome la mano por el lomo, abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas, conoció mi edad, y dijo a otros pastores que yo tenía todas las señales de ser perro de casta. Llegó a este instante el señor del ganado sobre una yegua rucia a la jineta, con lanza y adarga: que más parecía atajador de la costa que señor de ganado. Preguntó el pastor: ''¿Qué perro es éste, que tiene señales de ser bueno?''
En su trabajo si algún lobo matase a alguna de las ovejas los perros eran castigados, y últimamente siempre aparecía alguna muerta y nunca conseguían ver al lobo, incluso lo buscaba por los alrededores, pero un día vio a unos hombres que mataron a una de las ovejas de igual modo que si fuera un lobo de verdad:
"Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. Al punto, hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor. Volvía a reñirles el señor, y volvía también el castigo de los perros."
Como no podía avisar a su dueño, siempre eran duramente castigados, además los hombres que hacían estos eran los que cuidaban el rebaño. Así que Berganza decidió irse:
"Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio, aunque parecía tan bueno, y escoger otro donde por hacerle bien, ya que no fuese remunerado, no fuese castigado. Volvíme a Sevilla, y entré a servir a un mercader muy rico."
Aquí al igual que antes, Berganza muestra decisión propia como para irse y dejar a sus dueños, ya que no podía continuar con esa falsa de que los hombres mataban a las ovejas sin haber ningún lobo del que tuviera que defender a las ovejas.
Berganza piensa de sus amos los pastores que son gente con maldad y muestra desconfianza hacia ellos:
"¿Quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso de dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?"
El mercader
Para conseguir entrar en la casa tenía que basarse en la humildad:
"…digo que ya tú sabes que la humildad es la basa y fundamento de todas virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a gloriosos fines nos conduce…"
Primero miraba el ambiente para ver si podrían mantener a un perro grande y si era así se ponía en la puerta cuando venía el dueño, bajaba la cabeza y se acercaba a limpiarle los zapatos con la lengua. Una vez dentro de la casa del mercader le acogieron de guardián detrás de la puerta atado por el día y suelto por la noche, normalmente ni dormía y como el mercader estaba muy orgulloso de él pidió que se le tratase bien, Berganza cada vez que veía a su dueño corría hacia él dando saltos de alegría:
"Désta, pues, me aprovechaba yo cuando quería entrar a servir en alguna casa, habiendo primero considerado y mirado muy bien ser casa que pudiese mantener y donde pudiese entrar un perro grande. Luego arrimábame a la puerta, y cuando, a mi parecer, entraba algún forastero, le ladraba, y cuando venía el señor bajaba la cabeza y, moviendo la cola, me iba a él, y con la lengua le limpiaba los zapatos. Si me echaban a palos, sufríalos, y con la misma mansedumbre volvía a hacer halagos al que me apaleaba, que ninguno segundaba, viendo mi porfía y mi noble término. Desta manera, a dos porfías me quedaba en casa: servía bien, queríanme luego bien, y nadie me despidió, si no era que yo me despidiese, o, por mejor decir, me fuese; y tal vez hallé amo que éste fuera el día que yo estuviera en su casa, si la contraria suerte no me hubiera perseguido."
El mercader tenía dos hijos, uno de catorce años y otro de doce, y estos se lo llevaron al colegio donde el perro era muy feliz pero tuvo que volver a hacer de guardián en la puerta porque en la escuela distraía a los demás niños.
"… les pareció que la media hora que hay de linción a linción la ocupaban los estudiantes en holgarse conmigo; así ordenaron a mis amos que no me llevasen más al estudio; obedecieron volviéronme a casa y a la antigua guarda de la puerta…"
Berganza se marchó porque no le echaba una trabajadora de la casa comida:
"Hallame un día suelto y sin decir adiós a ninguno de la casa me puse en la calle."
El perro no hace ningún tipo de comentario sobre su relación con su amo el mercader pero si lo hace de la mujer negra, ya que ella fue la que no le daba de comer y habla sobre ella como una persona con maldad:
"…pero la negra, por acabarme de una vez, me introdujo una esponja frita con manteca; fue ahí cuando conocí la maldad; vi que era peor que comer zarzas…"
El alguacil
El alguacil resultó ser un cómplice de ladrones y Berganza le acompañaba:
"Finalmente, vine a entender con toda certeza que el dueño de la casa, a quien llamaban Monipodio, era encubridor de ladrones y pala de rufianes, y que la gran pendencia de mi amo había sido primero concertada con ellos, con las circunstancias del retirarse y de dejar las vainas, las cuales pagó mi amo allí, luego, de contado, con todo cuanto Monipodio dijo que había costado la cena, que se concluyó casi al amanecer, con mucho gusto de todos"
Berganza vio la malicia y las ganas de venganza de su propio amo y decidió escapar a Mairena donde había unos soldados que iban a embarcar en un barco que iba a Cartagena: "Entendióse la malicia, y yo, sin despedirme de nadie, por un agujero de la muralla salí al campo, y antes que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que está cuatro leguas de Sevilla. Quiso mi buena suerte que hallé allí una compañía de soldados que, según oí decir, se iban a embarcar a Cartagena"
En un espectáculo, Berganza tardó en dar un salto y su dueño le maldijo como si lo hubiera hecho una hechicera pero eso no era así y esta lo oyó y se fue llorando y detrás de ella fue Berganza:
"Volved, hijo Gavilán, y con gentil agilidad y destreza deshaced los saltos que habéis hecho; pero ha de ser a devoción de la famosa hechicera que dicen que hubo en este lugar. Apenas hubo dicho esto, cuando alzó la voz la hospitalera, que era una vieja, al parecer, de más de sesenta años, diciendo: ''¡Bellaco, charlatán, embaidor y hijo de puta, aquí no hay hechicera alguna!(…) . No le pesó a mi amo del alboroto, porque se quedó con los dineros y aplazó para otro día y en otro hospital lo que en aquél había faltado. Fuese la gente maldiciendo a la vieja, añadiendo al nombre de hechicera el de bruja, y el de barbuda sobre vieja. Con todo esto, nos quedamos en el hospital aquella noche; y, encontrándome la vieja en el corral solo, me dijo: ''¿Eres tú, hijo Montiel? ¿Eres tú, por ventura, hijo?''. Alcé la cabeza y miréla muy de espacio; lo cual visto por ella, con lágrimas en los ojos se vino a mí y me echó los brazos al cuello, y si la dejara me besara en la boca; pero tuve asco y no lo consentí."
El perro se dio cuenta de la crueldad de su amo y se escapó, yéndose con la hechicera.
La hechicera
La hechicera utilizaba al perro para contarle sus pensamientos, como se sentía, que era bruja y mala:
''Quisiera yo, hijo, apartarme deste pecado, y para ello he hecho mis diligencias: heme acogido a ser hospitalera; curo a los pobres, y algunos se mueren que me dan a mí la vida con lo que me mandan o con lo que se les queda entre los remiendos, por el cuidado que yo tengo de espulgarlos los vestidos. (…) Yo tengo una destas almas que te he pintado: todo lo veo y todo lo entiendo, y como el deleite me tiene echados grillos a la voluntad, siempre he sido y seré mala."
La bruja se unta con unos jugos de hierbas que las deja sin sentido y al despertar maldice contra Berganza y este huye:
"¿Y es éste el pago que merecen las buenas obras que a tu madre hice y de las que te pensaba hacer a ti?'' Yo, que me vi en peligro de perder la vida entre las uñas de aquella fiera arpía, sacudíme, y, asiéndole de las luengas faldas de su vientre, la zamarreé y arrastré por todo el patio; ella daba voces que la librasen de los dientes de aquel maligno espíritu. (…)»Dime tanta priesa a huir y a quitarme delante de sus ojos, que creyeron que me había desparecido como demonio: en seis horas anduve doce leguas, y llegué a un rancho de gitanos que estaba en un campo junto a Granada."
Los gitanos
En su huida se encontró con unos gitanos que le reconocieron como el perro sabio y le acogieron escondiéndole en una cueva, estos gitanos pensaban ganar dinero con él, como con su antiguo amo:
"…algunos de los gitanos me conocieron por el perro sabio, y con no pequeño gozo me acogieron y escondieron en una cueva, porque no me hallasen si fuese buscado; con intención, a lo que después entendí, de ganar conmigo como lo hacía el atambor mi amo. Veinte días estuve con ellos, en los cuales supe y noté su vida y costumbres, que por ser notables es forzoso que te las cuente.»
"A cabo de veinte días, me quisieron llevar a Murcia; pasé por Granada, donde ya estaba el capitán, cuyo atambor era mi amo. Como los gitanos lo supieron, me encerraron en un aposento del mesón donde vivían; oíles decir la causa, no me pareció bien el viaje que llevaban, y así, determiné soltarme, como lo hice; y, saliéndome de Granada."
El morisco poeta
Al abandonar a los gitanos, Berganza acabó en la huerta de un morisco que lo quería para cuidar el huerto:
"di en una huerta de un morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor, pareciéndome que no me querría para más de para guardarle la huerta."
Más tarde se fueron a Valladolid.
Aquí Berganza muestra un desprecio a un mayor a su dueño diciendo:
"¿Consideras mis caminos y mis amos tantos? Pues todo lo que has oído es nada, comparado a lo que te pudiera contar de lo que noté, averigüé y vi desta gente: su proceder, su vida, sus costumbres, sus ejercicios, su trabajo, su ociosidad, su ignorancia y su agudeza, con otras infinitas cosas: unas para decirse al oído y otras para aclamallas en público, y todas para hacer memoria dellas y para desengaño de muchos que idolatran en figuras fingidas y en bellezas de artificio y de transformación."
2. ¿Le influye en su personalidad el contacto con ellos?
Berganza muestra no dejarse llevar por las órdenes de sus amos como podemos ver en el ejemplo de su relación con Nicolás el Romo:
"Mi amo me enseñó a llevar una espuerta en la boca y a defenderla de quien quitármela quisiese (…) Bien pudiera yo volver a quitar lo que me quitó, pero no quise, por no poner mi boca jifera y sucia en aquellas manos limpias y blancas."
Además, en ninguna de sus historias muestra tristeza por dejarlos, ya que se han portado mal con él y él actúa de la misma forma dejándolos:
"Hallame un día suelto y sin decir adiós a ninguno de la casa me puse en la calle."