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lunes, 9 de junio de 2014

Evocación de recuerdos

¡Han pasado ya unos cuantos años desde esa niñez!, mi niñez, pero a pesar de ello, los recuerdos afloran en mi mente a cada instante.
Recuerdo aquellos días de verano, cuando solo tenía cuatro años, en los que mis abuelos me montaron en su coche y me llevaron, sin yo saber a dónde íbamos, a un pequeño lugar perdido en el monte. Al bajarme del vehículo me encontré inmersa en la grandeza de aquel paisaje. Un olor intenso a naturaleza golpeó mi nariz, y cada vez que recuerdo aquel día vuelve a mí como un soplo de libertad. Se veían las ardillas jugueteando por entre las ramas de los altos chopos y de los gruesos robles, mientras una bandada de aves alzaba su vuelo de forma majestuosa. En medio de aquel escenario se hallaban dos grandes casas, que a pesar de su tamaño, se veían pequeñas en mitad de la naturaleza que las rodeaba.
En realidad, a pesar de aquel sitio tan estupendo, lo que está más presente en mi memoria de ese verano es cuando por primera vez, con la ayuda de mi abuelo, me metí en aquella piscina de agua fresca y clara sin nada que me impidiera que me sumergiera si bajaba la guardia. Gracias a las indicaciones y atención de aquel hombre de pelo canoso comencé a coordinar piernas y brazos y poco después ya podía valerme por mi misma. Un aire de grandeza y valentía vino a mí, me sentía libre y me sentía bien conmigo misma por lo que había logrado.
Recuerdo que no tenía miedo, quizás porque a esa edad no se conoce el riesgo que puede tener, pero lo más certero es que no sintiera pavor ante esa situación porque tenía plena confianza en aquel viejo gruñón.

Dori Romero Bazán 1º BACH A 

miércoles, 4 de junio de 2014

Perdida entre extraños

Recuerdo un viaje, tan sólo tenía tres años pero ese recuerdo aún permanece en mi memoria. Era invierno, las nubes crubrían el cielo como si de algodón se tratara. Se aproximaba la navidad y fui con mis padres y mis tíos a hacer las últimas compras para dicha celebración. Al llegar al centro comercial, miles de colores y luces alumbraban el lugar. El centro comercial estaba repleto de gente, parecía que todos estábamos ultimando preparativos. Nos dirigimos a la zona donde estaban los juguetes, me quedé un instante absorbida mirando una estantería con muñecas y cuando me giré únicamente vi desconocidos. Me sentí perdida y no sabía qué hacer. Caminé entre la multitud hecha un mar de lágrimas hasta que una señora me detuvo y me preguntó qué me ocurría. Entre lágrimas le dije que me había perdido y esta me acompañó hasta un mostador para así poder localizar a mis padres. Una vez allí una chica muy simpática me preguntó mi nombre y mediante un micrófono informó que me había extraviado. Mientras esperaba la llegada de mis padres esta chica estuvo conmigo hacíendo que me sintiera mejor  y me dio un cuaderno y colores para que me entretuviese. Un instante después mis padres llegaron aliviados al ver que me habían encontrado y no me había sucedido nada. Estos le dieron las gracias a la señora y me dispuse a irme con ellos muy contenta. Después de lo ocurrido el día transcurrió con normalidad y yo conseguí la muñeca que dio lugar a este recuerdo.

    
        ANA BELÉN TORRES LÓPEZ 1º BACH B

El club de las bicicletas

Todos los niños cuando somos pequeños solemos hacernos amigos de niños que también viven en nuestra calle o en nuestro barrio, y eso es lo que me pasó a mí con Jose Miguel y Eugenio.

A los tres nos encantaban las bicicletas, tanto que hasta hicimos un club donde quedábamos para jugar y hablar de nuestras bicis. También merendábamos y al terminar salíamos a la calle para hacer carreras y así ver quién era el mejor. Yo siempre le ganaba a Eugenio, y Jose Miguel me ganaba a mí, y aunque lo supiéramos, todas las tardes las pasábamos compitiendo por ver quién era el más rápido.

Teníamos mucho tiempo libre, por lo que una tarde en un descampado abandonado decidimos hacer un circuito con obstáculos. Cuando empezamos no imaginábamos que quedaría tan bien. Tenía saltos y hoyos, charcos gigantes de agua y una recta llena de piedras que como no fueras hábil podías caerte. Al poco tiempo nuestro circuito se hizo famoso en todo el barrio y todos los niños empezaron a venir a jugar con nosotros.
  
 Pero un día, cuando íbamos dispuestos a divertirnos nos encontramos a un señor mayor con pinta de borracho, que quería cobrarnos una entrada por correr en nuestro circuito, justificando que ahora era suyo ¡Nada más y nada menos que cinco euros! Pero nosotros nos negamos y entre todos conseguimos atarlo y como castigo lo pusimos en el circuito a modo de obstáculo. Todos lo pasamos por encima durante toda la tarde y cuando quisimos darnos cuenta el viejo había muerto. Todos los que estábamos allí prometimos no decir nada, así que cada uno cogió lo que pudo de su casa y en mitad de nuestro circuito hicimos un gran hoyo y arrojamos al viejo dentro de él.

Eso fue con siete años, y ahora con diecisiete años es inevitable que Eugenio, Jose Miguel y yo nos riamos cuando pasamos por enfrente de ese descampado y recordar  todo lo que pasó en él.



 Francisco Soriano Díaz  (1º Bachiller B)

domingo, 25 de mayo de 2014

El fuego de la memoria

La memoria a veces resulta un nutritivo alimento para los escritores y escritoras. Un instante guardado en el cerebro y recuperado puntualmente puede convertirse en la semilla a partir de la cual el narrador hará crecer su relato, ya sea biográfico o ficticio. Entre los muchos fogonazos del pasado que son capaces de iluminar la mente de un/a autor/a, un paisaje, un olor, una melodía o un objeto servirán para darle cuerpo a un recuerdo. La retrospección biográfica es un mecanismo eficaz cuando de prender la mecha de la escritura se trata.

¿Cómo encender el fuego de la memoria?

Piensa en un un paisaje, un olor, una melodía o un objeto que conserves en la memoria. A partir de él, crea una historia en la que intentes reconstruir el pasado de tal objeto y rodéalo de un halo de misterio en el que se cruce la realidad y la ficción.

Envía tu escrito (como un correo electrónico normal) a la dirección:
letramayuscula.creativa@blogger.com

No olvides añadir tu nombre, apellidos y curso


VEN BRUJA, ESTÁN LAS LUCECITAS

Cuando no sabes si lo que estás viviendo es real o ficticio, es ahí cuando estás soñando, o más bien sintiendo.
Todo comenzaba cuando aún siendo una niña me montaba en el coche y me sentaba en el asiento trasero del mismo. Volvíamos de noche y eso me encantaba, no tenía que ponerme el cinturón y podía jugar libremente.
El cielo se volvía cada vez más oscuro y empezaban a asomarse las primeras estrellas. Yo miraba por la ventana y ahí empezaba mi aventura.
Las estrellitas, pequeñas lucecitas me persiguen, ¿qué hago?, no puedo hacer otra cosa que esconderme entre el asiento trasero y el delantero para que no me vean. Me asomaré, quizá se hayan ido y ya no vuelen detrás de mi. ¡Oh no!, ahí siguen. Idearé un plan para despistarlas y así me libraré de ellas, me arrastraré por el suelo sin levantar la cabeza hasta la ventanilla, como un soldado en el campo de combate. 
Cuando llego después de un estratégico desplazamiento entre los asientos, puedo observar que las lucecitas no se han ido ¿querrán algo? De repente una sombra aparece, me mira y yo asustada me agacho, no quiero mirar pero lo hago. Una bruja con una increíble escoba vuela al lado del coche, tan rápido que se le cae su sombrero de pico. Me empiezo a reír y con cuidado saco la mano por la ventanilla y la empujo tan fuerte que empieza a dar vueltas sobre su escoba como si se tratara de una noria.
Cuando vuelvo a mirar el cielo, esas lucecitas llamadas estrellas siguen en el cielo azul oscuro, casi negro, como si fueran pequeños faros en un inmenso mar. No se han movido de mi lado y me duermo pensando si esas luces brillantes me acompañarán siempre en los momentos de miedo, tristeza o alegría, incluso cuando de nuevo vuelva la bruja.

Mercedes Justicia Ruedas (1º Bachillerato A)

Mi feliz accidente

Pensé que iba a ser otro día de Febrero normal para una chica de 15 años, ya saben, otra inyección de rutina. Pero en cuanto puse el primer pie en el suelo de mi habitación, supe de alguna manera que ese día no iba a ser "normal". Despertó en mí un extraño instinto animal, algo que me incitó, que me retó a hacer solo lo que mi interior me pedía, y otra cosa no, pero los retos me encantan. 
Lo que de ninguna manera imaginaba fue lo que en realidad pasó aquel día,descubrí algo, que quizá la mayoría de los que lean esto no me crean, pero fue real, lo sentí en mis propias carnes, bueno, más bien en mi propio sentir.
Sucedió esa misma noche, hacía un frío abismal, sí, de ese que te cala hasta los dientes, pero pronto tornó a calor intensa cuando descubrí que tenía el fabuloso poder de parar el tiempo. Sí, tal como lo leen.
Mis labios se fundieron con los de Ella, y el universo entero se paró. Asustada, ingenua y bastante conmocionada reaccioné separando despacio mis labios, entonces, como si de un interruptor se tratase, el mundo volvió a girar. Aún sin salir de mi asombro, me pregunté cómo un acto tan simple podía ser tan poderoso. 
El corazón y mi alma como tal querían salir de mi cuerpo e irse corriendo, así que tomé un poco de aire, me armé de valor y le robé otro beso. Quién sabe si fue por salir de dudas, o simplemente porque cuando se besa es muy difícil parar. El caso es que de esta forma volví a invocar a la eternidad. Ya no cabía duda, aquello era algo real, lo sentí en todo mi ser, exteriorizándose fuera, en el mundo, parando cada movimiento que no fuese nuestro. Fue algo parecido a lo que le pasó a Alexander Flemming con la penicilina. Éste fue mi "feliz accidente"

Anónimo;)

sábado, 24 de mayo de 2014

Sonido en el subconsciente

Mi tío abrió la puerta, y yo entré primero. Pude ver, al fondo de la habitación, cómo brillaba el cuerpo de una Fender Stratocaster negra. Me acerqué, y estando esta sobre un trípode, deslicé mi pequeña mano sobre las cuerdas.
En aquella habitación había dos guitarras eléctricas, una guitarra acústica, un bajo, un teclado, una batería, unas congas y todo lo relacionado con la música y la producción del sonido. Mi tío me llevó allí porque él tocaba en un grupo, y ese era el lugar donde ensayaban. Él tocaba el piano y la guitarra, en algunas canciones también cantaba. Sabía que a mí, por niño que fuera, me gustaba mucho la música, y quiso enseñarme los instrumentos.
Me quedé impresionado cuando allí entré. Yo tenía unos cinco o seis años y mis padres me solían regalar para mi cumpleaños instrumentos de juguete. Recuerdo que tuve una batería, la cual me encantaba tocar. Me regalaron dos guitarras, también un saxofón. Cuando pude observar de cerca aquellos instrumentos me sentí entusiasmado. Me senté y toqué la batería, las guitarras, todo. No me dejé nada sin probar y no quería irme de aquel fantástico lugar.
Desde entonces, cada día me apasiona más la música. La llevo dentro y la siento. Cuando tenía diez años mis padres me regalaron un saxofón, y yo empecé a tocar en la banda de música de mi pueblo, donde aún sigo. Hace unos cinco años, mi hermano me regaló una guitarra eléctrica y comencé a caminar y a introducirme cada vez más en la música. Después me compré otra guitarra eléctrica y todos los "artefactos" para que estas sonaran. Desde pequeño me encanta pasar por las tiendas de música y ver todos los instrumentos, pararme cuando estamos en alguna ciudad y contemplar a los músicos callejeros, y por supuesto, ir a los conciertos de mis grupos favoritos.
Conforme pasa el tiempo, aprendo algo nuevo sobre la guitarra y sobre la música en general. Mi hermano, pianista, también me ha enseñado mucho, y mis padres, que me animan y hacen que esto pueda continuar. Les tengo que dar las gracias a ellos por hacer que ahora tenga estos medios, y pueda seguir cada vez más, explorando cada rincón de ese mundo tan amplio llamado música, una gran pasión.
Al sentarme en mi habitación y coger la guitarra, antes de conectar al amplificador, deslizo mi mano sobre las cuerdas, y recuerdo el sonido de aquel día, en que mi tío me llevó al lugar donde ensayaban y rasgueé las cuerdas de la guitarra eléctrica.

Fran Sáez 1ºBACH A

Un día de exploración


Era un domingo de abril como otro cualquiera y me encontraba en un camping de Cazorla junto a unos compañeros de atletismo y nos dispusimos a ir a explorar una cueva en mitad de una sierra.
Nos dispusimos a entrar cuando ya lo teníamos todo preparado para poder explorarla sin ninguna dificultad. Cuando entramos nos entró un tremendo escalofrío y se nos pusieron los pelos de puntas como si hubiera algo sobrenatural en ella aunque allí solo había oscuridad y unos pocos animales que viven en cuevas, así que pensamos que fue por el cambio de temperatura ya que en el exterior hacía un calor descomunal a pesar de no haber entrado en verano.
Nos dispusimos a ir avanzando hacia el interior y conforme entrábamos la cueva se hacía más difícil de explorar, aun así nosotros continuamos.
Mientras explorábamos la cueva, nos encontramos con lagos subterráneos que tuvimos que atravesar para continuar sin saber qué podríamos encontrarnos allí, en el lago sumergido. También pasamos por unos túneles donde nos pusimos llenos de barro y subimos por una cuesta que se hizo eterna debido a su inclinación.
Conforme explorábamos, nos echamos fotos y nos dimos golpes en la cabeza con el techo.
Además, cuanto más nos metíamos hacia las entrañas de la cueva más frío empecé a notar como si hubiera algo que fuera a suceder de un modo inesperado pero no sabía qué era así que intenté ignorarlo.
Cuando llegamos casi al final de la cueva mi cuerpo estaba congelado, no sé si del frío que hacía o del miedo que tenía como si nos fuéramos a quedar atrapados debido a un derrumbamiento. Antes de dar la vuelta para salir ya que no se podía avanzar más me, dispuse a explorar mi alrededor y fue cuando vi como si en una pequeña brecha que había en la pared nos estuviera observando algo con sus grandes ojos rojos que parecían dos grandes zafiros brillantes. Me dispuse a mirar a mis compañeros para comprobar si alguien más lo había visto pero parecía que ninguno lo había visto.
Conforme nos volvimos no pude dejar de pensar en aquellos grandes ojos perteneciente a un ser extraño que no supe lo que era así que varia veces me escurrí y me caí.
Cuando salimos, nos fuimos a tomar algo a restaurante que había allí en la nada y fue cuando escuché a hablar a dos hombres sobre un ser que habitaba la cueva en la que estábamos por lo cual me entró un miedo terrorífico a las cuevas y desde entonces no he vuelto a entrar en ninguna para evitar encontrarme a ese ser misterioso para evitar que me pase nada.

Raúl Martínez Roa  (1º Bachillerato-A)

El peor día de mi vida


Aquí os dejo, queridos lectores, el peor día de mi vida.
Aquel día aparentaba ser un día normal y corriente, me levanté como todos los días, desayuné mis tostadas y mi leche, fui al colegio... Pero cuando se acercó la noche algo extraño pasaba. De repente, a mi padre le dolía mucho la espalda y el pecho. Fuimos rápidamente a llamar al médico y al cabo de cinco minutos llegó, y gracias a Dios le hizo que se sintiera mejor, así que meramente fue un susto. Al acabarse todo fuimos todos a la cama a acostarnos.
A la mañana siguiente, a las ocho de la mañana, me desperté con el sonido de la voz de mi madre diciendo: "!Niños corred, corred, llamad al médico a vuestro padre le duele mucho el pecho¡" 
Mientras mi hermano fue a llamarlo, estaba yo allí con mi madre al lado de mi padre viendo como sufría tras el fuerte dolor de pecho que tenía. Cuando de repente, vi a mi padre desplomarse de la cama. Mi madre y yo intentábamos despertarlo! Él sufría un ataque al corazón ¡Mi padre abrió los ojos y me agarró de la mano y me dijo: "Hijo te quiero, estoy muy orgulloso de ti, cuida de tu madre y de tu hermano". Mi padre falleció y al final la persona más importante y la que más quiero dejó este mundo diciéndome las palabras más bonitas del mundo y las palabras que nunca olvidaré.

José León García

El polvo


​Aún recuerdo la tarde del día 3 de Julio de 2010. Era una tarde calurosa, como cualquier otra tarde de Julio, esas tardes en las que el Sol pega en la nuca hasta las 22:00 h. Me disponía a dar un paseo en una de mis tantas yeguas cuando en el horizonte se vio que se alzaba una gran nube de polvo que se iba comiendo uno a uno los amarillentos campos de cebada. Ver aquel panorama me sorprendió, puesto que esa clase de fenómenos atmosféricos no  son habituales en mi pueblo.

Al llegar a mis cuadras, ya despreocupado por esa extraña nube de polvo de origen desconocido me percaté de que esta había desaparecido allá en el horizonte. Entonces al pensar de nuevo en ese fenómeno ensillé a mi yegua llamada Castañuela, la más fiel y noble de los corceles de este planeta. Monté en el caballo y me dispuse a ir a investigar el origen de la extraña nube. Tras tres largas horas montado en el corcel vi en un ladero próximo una gran luz, en ese momento una gran alegría sentí en el corazón porque sabía que estaba cerca de encontrar el origen del fenómeno puesto que allí acababa el rastro. Entre al galope en un segundo, y bajo el tenue brillo de las pocas estrellas que se veían en la noche iba esquivando terrones de tierra y piedras. Me acuerdo de que al poco de alcanzar la luz se escuchó un ruido como de un motor de cosechadora, pero era imposible que hubiera alguna por esa zona a las 23:30 de la noche, así que seguí acercándome, esta vez más lentamente. Y de repente la luz y el ruido cesaron y se levantó de nuevo esa gran nube de polvo que nos dejó a mi yegua Castañuela y a mi atrapados en el centro. Intentamos salir de ella pero era imposible, cuanto más lo intentábamos más fuerte corría el viento y más arena levantaba. Nos quedamos parados diez segundos con las manos echadas a la nariz, boca y ojos para impedir la entrada de polvo, y en ese intervalo de tiempo vimos una pequeña gruta de tierra entre la montaña. Entramos en ella a duras  penas y la yegua y yo nos acurrucamos el uno al otro para descansar y esperar que terminara la tormenta de arena.
Me desperté de un salto al notar en la cara el lametón de la lengua de Castañuela, de despejé y miré al exterior, con la fortuna de que la nube había desaparecido. Salí fuera de esa angosta gruta, miré alrededor y todo estaba tal y como el día anterior. Era una preciosa mañana de Verano, Guadahortuna podía verse a lo lejos, bueno, del pueblo solo se veía la punta de la iglesia y la del silo. Cogí al caballo lo monté y me dispuse a volver, puesto que mis padres deberían haber estado toda la noche tirándose de los pelos preguntándose qué donde estaría su primogénito. 
Camino al pueblo no volví a ver la nube por ningún lado, con la cabeza abajo y decepcionado por no haber podido descubrir el origen de la tormenta. Cuatro horas más tarde llegué a la cuadra, encerré a mi compañera de viaje y caminé hasta mi casa pensando en la reprimenda que me echarían mis padres.
Años después todavía me sigo preguntando por esa extraña nube que me tuvo entretenido durante casi un día completo y me gustaría en un futuro volver a repetir esa aventura, ya que sé que eso para mí no fue solo un fenómeno atmosférico.
Reyes Jiménez

Aún recuerdo aquel tiempo lleno de momentos que marcó tanto aquellos años de mi niñez. 
Un recuerdo que tengo en mi memoria, es cuando mi abuelo me empezó a enseñar a montar en bicicleta, aunque permanece bastante borroso e impreciso en mi mente. A consecuencia de esto, tengo alguna que otra marcaspor mi cuerpo, pero sinceramente no recuerdo nada de esos trágicos momentos que viví.
 A la edad de seis años tuve a mi hermana, la impresión que me dio nada más verla entrar por la puerta de mi casa, es que parecía una cría de cualquier mamífero, ya que tenía bastante pelo y con un color negro como el azabache. Aunque a primera vista pensase eso, me encantaba la idea de poder tener a alguien con quien jugar todos los días y también tener a quien echarle las culpas de todas mis travesuras.
Durante un verano, mis padres decidieron llevarme al pueblo natal de mi madre para que me hospedase en la casa de mis tíos y pasar un tiempo con ellos. Lo que más me gustaba del pueblo de mi madre era la gran charca que había a unos 500 metros de la entrada de este. Todas las tardes mis amigos y yo, incluido mi primo, siempre nos íbamos a bañarnos y a jugar al "pilla-pilla" en la orilla de la charca. Eran unas tardes inolvidables y llenas de risas. Otra de las cosas que más me gustaba era poder levantarme a la hora que quisiera y siempre ver mi programa infantil favorito "Los Teletubbies".
A todos estos recuerdos se le pueden añadir muchos otros más de los que nunca podré olvidarme y siempre que me acuerdo de alguno de ellos, en mi cara se puede contemplar una gran sonrisa.
Por eso pienso que la personalidad de cada uno está formada de todos esos pequeños e inolvidables momentos, esto es lo que nos hace ser únicos.

Adoración Quesada (1º Bach. A)

El camino de los recuerdos

Era verano, me acariciaba la carretera y la música acariciaba mis oídos mientras mis pies en la ventanilla bailaban con las estrellas. Los recuerdos del pasado aterrizaban en mi mente poco a poco mientras que la poesía de la sabia tortuga del pantano de la tristeza avanzaba. Eran tantos los recuerdos del verano y las sensaciones que me producía cada uno de ellos que no serán fáciles de explicar.

Mientras escuchaba esta canción el primero que se me venía a la mente era el de cómo empecé el verano. Los últimos días de clase, mis amigos, la cena de fin de curso, etc. A medida que continuaba la canción me di cuenta de lo rápido que había pasado todo. Me paré a pensar y me di cuenta de que el tiempo corre demasiado rápido y que cuando pensaba que aún me quedaba todo el verano por delante, estaba volviendo de Portugal a mi casa. Continué viajando por el camino de los recuerdos y me vinieron a la cabeza las fiestas, las noches de playa en donde parecía que estábamos en el lugar más cercano a la luna. Esto me producía mucha añoranza por pensar que no volvería a vivir todo eso. Algo en lo que no pude parar de pensar en todo el camino fue en mi viaje por Portugal. Los miradores de Lisboa, los músicos callejeros, los palacios de Sintra, los puentes. Hace tan solo dos horas mi madre había sacado el coche del parking de Mérida, donde habíamos esperado que el sol muriera para continuar nuestro viaje. Sentí muchísimas sensaciones en los casi cuatro minutos que duraba la canción. No sé si me dormí por el cansancio del viaje o simplemente para no pensar en si había aprovechado bien el tiempo o no. Cuando me desperté la siguiente canción de Vetusta Morla me afirmo lo que ya sabía al cantar: "ya es hora de replegar las alas rumbo a casa" entonces ya estaba en mi pueblo, esperando a que saliera el sol para volver al instituto. Aún recuerdo aquel momento, aquella sensación de hormigas caminando por mi cuerpo.


ELENA RODRÍGUEZ DEL RÍO 1º BACH. A
Aún recuerdo el momento en el que mi entrenador de fútbol me dijo que jugábamos en la liga comarcal de Jaén. En este momento yo era todavía muy pequeño, y estaba en la categoría infantil junto a 12 amigos, por lo que formábamos un equipo muy completo.
Todo parecía normal aquellos días, en los que mis compañeros de equipo y yo íbamos a entrenar al fútbol y sobre todo a pasarlo bien, cuando de repente el míster nos llamo a todos y nos comentó que íbamos a disputar algunos partidos. 
Todos estábamos ilusionados, pero yo creo que era el que más estaba, ya que era mi primer partido, por lo cual me puse muy nervioso. Ese día estuve muy inquieto pensando en el partido.
Los días anteriores del partido todo fueron prisas, preparamos jugadas ensayadas, aprendimos una nueva forma de jugar para intentar ganar el encuentro… e incluso tuve que comprarme unas espinilleras, ya que es un reglamento de este deporte para evitar cualquier lesión. Ya estaba todo listo para el gran día.
Cuando llegó el ansiado día, todos estábamos puntuales en la parada de autobuses para emprender el viaje a Jaén a jugar contra Fuconsa. Durante el camino todo fueron risas y gracias, unos escuchaban música, otros chateaban con el móvil, otros dormían… por lo que el viaje se me hizo muy corto, fue un rato agradable rodeado de mis amigos. Pero cuando estábamos llegando al recinto deportivo todo cambió. De repente, íbamos tan tranquilos cuando se escuchó un ruido, y era un pinchazo en la rueda del autobús, pero lo peor fue que  un compañero se puso malo, tenía fiebre y el entrenador tuvo que darle una pastilla para que se recuperara y pudiera jugar, aunque finalmente se mejoró y pudo disputar  el partido.
El partido iba a comenzar y yo salí de titular, aunque empezó mal porque nos marcaron un gol nada más empezar; todo se arregló, gracias al compañerismo de todos y nuestro esfuerzo por ganar. Finalmente acabamos ganando 1-3 y todos saltábamos de alegría.
Más tarde, cuando regresamos a nuestro pueblo, hicimos una fiesta entre todos para celebrar la victoria y pasamos un rato muy agradable, tras una larga noche de juerga nos fuimos a descansar porque la temporada continuaba con más partidos y más sorpresas.
Pero con lo que me quedo, es con el buen rollo del equipo donde todos éramos amigos y nos apoyábamos unos a otros. Siempre confiando unos en los otros.

Fran Rubio Torres 1ºBach A

Recuerdos de la infancia

Recuerdo el día aquel ya lejano en el tiempo, pero cercano en los recuerdos que guardo de mis mejores experiencias, cuando  vi el mar y toqué la arena de la playa por primera vez. Tenía 4 años, y aunque fuera muy pequeña ese cumulo de sensaciones  nunca podrán borrarse de mi mente.
Era un caluroso día de verano cuando, montados en el coche, mi padre, mi madre, mi hermano y yo partimos hacia Fuengirola.
Cuando llegamos al apartamento, mi hermano y yo correteamos para elegir nuestra cama e intentar irnos lo más rápido posible hacía aquella inmensidad azul que parecía llamarnos hacia ella. 
Recuerdo a mi madre empeñada en que tomase algo de comer, pero mi hermano y yo solo queríamos encontrarnos con la playa. Al final, salimos ganando nosotros: no tomamos nada y nos dejó ir a la playa, después de embadurnarnos de crema protectora y colocarme aquellos manguitos con  dibujitos de Mickey Mouse.
Cuando mis pies tocaron la arena ardiente, empecé a dar saltitos, me quemaba y corrí hacia el agua en busca de su protección. Ya en donde las olas rompen su lucha con la arena, en donde se acarician ambos: arena, agua, agua, arena, viendo el ir y venir de esta, empecé a sentir sensaciones encontradas ante aquel gigante que era el mar: alegría, miedo, emoción,… pero al final, una ola más grande de lo normal me arrastró hasta la arena y comprobé lo salada y mala que estaba esta agua, llorando me encontré liada en la toalla en los brazos de mi madre.
Con la protección de mi madre miraba de reojo a los niños que con sus cubos y palas construían castillos y figuras que remataban con conchas de almeja. Poco a poco, paso a paso, me fui acercando, sin preguntar me fui haciendo unos amigos que duraron los días que pasé de vacaciones y que junto a ellos empecé a esquivar las olas, a jugar con ellas, a divertirme y a querer el mar, a respetarlo y a saber que cuando estaba enfadado había que alejarse un poco más.
Fue uno de los días más emocionantes de mi vida. Pero no solo en Fuengirola vi el agua y arena, pase unas vacaciones fantásticas.
Como era tan pequeña, en esa semana, no estaba solamente en la playa. Mi padre me compraba puzles, y mientras ellos se iban a la piscina, mi madre me daba la merienda en el balcón, mirando  mi nuevo amigo, el mar, y haciendo esos puzles.
Al atardecer, salíamos a caminar por el paseo marítimo, y dábamos un largo paseo, el sonido de las olas me acompañaba y acariciaba en mis sueños, no quería venirme.

Mari Carmen Quesada López  1º BACHILLER A

¿Por qué sentí eso?

Recuerdo el momento de aquel beso. Fue como si mi cuerpo convulsionase por sí solo. Fue distinto, especial…
Mi roja sangre se aceleró, y mi corazón palpitaba como si fuera una bomba de relojería. Lo notaba hasta yo mismo, palpitaba tan fuerte como unos zapatos de claqué pisoteando una tarima a compás de la música. Empecé a sudar, y éste era frío. Tan frío como el hielo. Estaba nervioso, no entendía el por qué, pero lo estaba. A la vez que mi cuerpo notaba que sus labios estaban junto a los míos, yo quería más. Quería que se parase el tiempo en ese mismo momento, que no acabase nunca. El placer y el miedo invadieron mi cuerpo a la misma vez. De repente, un ruido fuerte, se adentró en aquella habitación. Interrumpió aquel maravilloso momento. Era su madre. Vino a ofrecernos la merienda. Yo estaba tan rojo como un semáforo cuando prohíbe que la gente pase. Nunca había tenido esa sensación. Creo que fue porque fue distinto. Algo diferente a lo que estaba acostumbrado a hacer. No me gustaba la monotonía. Hoy en día quiero aceptar que sé por qué me sentí así. Fue porque besé a un chico, y eso, me gustó.

Anónimo;)

Fin de curso 2010


Hoy hace cuatro años que estuve en Madrid de viaje de fin de curso. Recuerdo que la noche de antes apenas pude dormir de la emoción que me hacia el viaje. Era la primera vez que iba a dormir fuera de casa y pensé que me podría costar coger el sueño pero después del viaje de cuatro horas en bus llegué al hotel agotado. 
Esa noche mis compañeros y yo nos acostamos temprano porque al día siguiente tendríamos que madrugar para  ir a ver el zoo. Por la mañana vinieron los monitores a nuestra habitación y nos despertaron cantando y disfrazados para intentar hacernos despertar de forma más alegre. 
Más tarde después de habernos vestido y aseado fuimos al comedor del hotel donde desayunamos churros con colacao. A la media hora de haber desayunado nos subimos al autobús y empezamos el viaje hacia el zoológico. Una vez en el zoo los profesores nos dejaron ir a visitar los animales que quisiéramos con la condición de que a las cuatro en punto quedásemos en la recepción del zoo. En el zoo conocimos a una persona que era la encargada de dar de comer a los animales. Como era muy simpática nos dejó dar de comer a los koalas. Un amigo, para hacerse el gracioso, cogió un trozo de bambú y se lo comió. Después estuvo malo todo el día. Durante la tarde fuimos a un centro comercial cerca de nuestro hotel. En la cena cenamos todos juntos y después los monitores prepararon unos juegos para entretenernos aunque a las doce nos mandaron a nuestra habitación.

El segundo día visitamos el parque El Retiro y montamos en unas barcas que había en estanque. Ese mismo día jugaba la Selección Española y en la barca estábamos escuchando el partido en la radio. También visitamos el estadio de fútbol del Real Madrid (Santiago Bernabeu). Cuando llegamos al estadio entramos en el último palco y fuimos bajando hasta llegar a los banquillos, el campo era más grande de lo que parece en la televisión. Ese día nos lo pasamos muy bien porque fue la primera vez que vi un estadio de fútbol de un equipo de primera división, lo malo fue que la Selección Española perdió el partido. Esa noche cenamos en el McDonald y después nos fuimos a jugar a los bolos a una bolera en un multicine cercano. Esa noche nos juntamos en la habitación para jugar un torneo de PES 10 (un juego de fútbol).

A la mañana siguiente tuvimos que madrugar para recoger nuestras cosas y hacer las maletas porque ese día fuimos al parque de atracciones Warner Madrid. Ese día estuvimos empapados toda la mañana porque había atracciones acuáticas y las probamos todas. Durante la tarde nos subimos a las atracciones terrestres y nos divertimos mucho. En el viaje de vuelta estuvimos despiertos esperando llegar a Cambil de vuelta con nuestras familias. Esos tres días fueron geniales y no los olvidaré nunca.

Juan Miguel Villacreces Gómez 1ºBACH-A

Un país unido por el deporte


Recuerdo perfectamente aquel verano, en el cual se disputaba el mundial de fútbol. La Roja ganaba y ganaba partido tras partido, todos los españoles teníamos la esperanza puesta en nuestra selección.
Un día que jugaba contra Alemania, mi padre y yo estábamos en casa viendo el partido y yo, personalmente que no es que el fútbol sea mi deporte de mayor devoción, lo vi como un Madrid-Barça. Desde ese día los partidos que nunca me pierdo son los de nuestra selección, porque no hay diferencias, ya seas merengue o azulgrana, ambos apoyamos al mismo equipo.
En este verano vi a todos los españoles más unidos que nunca y las banderas de nuestro país ondeaban en los balcones como si fuesen las sábanas de la cama que nuestras madres ponen a tender para que se sequen al Sol.
Sola estaba la calle aquella tarde, madridistas, culés, colchoneros, entre otros unidos en casas, cocheras o incluso en la puerta de las casas como es mi caso, que recuerdo como todos los vecinos nos juntamos para ver aquel evento tan deseado por todos los españoles: LA FINAL DEL MUNDIAL en la cual la Roja se enfrentaba contra Holanda.
Los nervios de todos estaban a flor de piel cuando aquella mano de "San Iker" sacó de bajo los palos el balón que podría haber hecho que todas nuestras esperanzas se perdiesen. Llegó la jugada clave del partido en la que Andrés Iniesta sin ángulo alguno lanzó a portería y…¡MARCÓ!
Marcó y todos los españoles estallaron de alegría en aquel momento, todo era perfecto, ni madridistas ni culés estaban enfrentados ya, ahora éramos un equipo unido y este equipo había ganado, ambos saltábamos de alegría.
La calle solitaria pasó a ser un desfile de españoles con banderas, camisetas de la selección, bufandas y coches pitando, sin que la fiesta en la que aquello se había convertido cesara.

DANIEL BAYONA JUSTICIA 1º BACH. A

Recuerdos de una casa


Recuerdo, un día hace nueve o diez años en el que un amigo y yo estábamos jugando con la pelota en la calle, ya que entonces teníamos mucho tiempo para jugar. 
Mi amigo le dio una patada tan fuerte que dio en la puerta de una casa abandonada y esta se abrió cayendo la pelota dentro de la casa. 
Ninguno queríamos entrar a por ella pero al final entramos sigilosamente. La pelota estaba al final del pasillo, cuando llegamos hasta ella la curiosidad nos pudo y seguimos recorriendo la casa. El polvo lo cubría todo pero con esa edad nos daba igual mancharnos; la casa tenia muchas habitaciones y en la parte de atrás, un jardín, en el que decidimos jugar al fútbol. En ese sitio no nos molestaban ni las personas ni los coches que nos interrumpían a cada instante, por lo que estuvimos jugando toda la tarde en ese tranquilo sitio.
Cuando vimos que estaba anocheciendo decidimos irnos a nuestras casas pero cuando fuimos a salir la puerta estaba cerrada y no la podíamos abrir de ninguna de las maneras. Se ve que algún vecino la vio abierta y la cerró. Al no poder salir pensamos en asomarnos a las ventanas pero escuchamos a nuestros padres avisándonos para cenar y decidimos no salir porque nos castigarían por meternos en esa casa, por lo que esperamos a que se fueran y cuando pasaron dos personas le contamos lo que nos había pasado y nos abrieron. 
Al día siguiente, cuando iba con mi madre nos encontramos con esas personas y se lo contaron todo a mi madre y cuando llegamos a mi casa me metieron una regañina que en qué momento se me ocurriría meterme en la casa.

Hoy en día cuando paso por la puerta de esa casa todavía me acuerdo de la regañina que me pegaron mis padres, pero también recuerdo el buen día que pasé en esa casa con mi amigo, y seguro que si ahora tuviera esa edad me volvería a meter porque con esa edad son las cosas que se hacen, no como ahora que los niños se pasan todo el día jugando con el móvil o con el ordenador.

 Javier García Roa 1º Bach A

Capítulo 2. Un portazo al pasado


Como ya os conté, tras haberme puesto la ropa, lleno de infantil curiosidad, me dirigí hacia la azotea para ver cómo los fontaneros arreglaban una avería. Corriendo hacia la obra al galope cual caballo desbocado por el entusiasmo oí un amargo crujido. De repente, el sonido se acercó más y más hacia mí.
La colosal puerta de robusta pero seca madera se abalanzó sobre ese alocado niño, sepultándolo bajo sus más de cuarenta kilos. La siniestra escena parecía mostrar cómo un portón ya jubilado en el trastero acababa con la tercera y última primavera del pequeño.

Fue muy rápido, ocurrió sin darme cuenta. Todo oscureció. Una intensa y cálida luz que emanaba de las rendijas de una reluciente puerta me despertó. Abrí la puerta, saliendo así del frío recibidor en el que me encontraba. La calle parecía alegre y transitada, pero solo recuerdo a una pareja que hablaba con un hombre trajeado. La mujer, con un gran bulto en la barriga parecía desnudar la casa con la mirada mientras que el hombre discutía con el señor del traje acerca de lo que parecían ser los datos de la vivienda.
Como ya sabéis esos rostros tan familiares eran los de mis padres.
El estruendoso golpe contra el suelo alertó a los trabajadores que, levantando la puerta a la vez que sujetaban a la nerviosa madre, comprobaron cómo el niño volvía en sí, asustado, pero con la mirada aun clavada en la polvorienta puerta. Todos habían pensado que el día del niño había llegado.
Realmente no sentí dolor al traspasar esa barrera temporal o puede que, simplemente se me haya escapado de la mente. Vagamente recuerdo cómo mi madre, aterrorizada, comprobaba si me encontraba bien. Asombrosamente no tenía ninguna herida de gravedad. 
A partir de entonces me ocurrirían muchos sucesos extraños durante mi infancia y adolescencia, pero hoy no me da tiempo a contároslos.
Quizás se me olvida algún detalle de este primer incidente pero como comprenderéis es muy difícil traer a la memoria los sucesos de hace varias décadas. Mañana os contaré el resto de mi historia y el motivo por el que estoy aquí hoy, sed pacientes, todo llega a su debido tiempo.

Baltasar García Galiano. 1º bach. A


Recuerdos de la infancia

Han pasado tantos años desde esa niñez... recuerdos que marcan tu vida.

Después de mucho tiempo, hay momentos que todavía recuerdas como si los estuvieras viviendo ahora mismo, aquellos que invaden nuestro interior. Recuerdo que soñar era mucho más sencillo.
Una de las cosas que más me gustaba hacer era contarle historias de miedo a mis amigos, sin pensar en las posibles consecuencias que me traería aquello antes de dormirme.
Lo que más me gustó de esa infancia, fueron aquellos largos veranos que pasé en casa de mi abuela. Recuerdo con añoranza aquellas mañanas en las que no había un solo día en las que faltara mi serie favorita "Heidi", mientras mi abuela me preparaba en una gran lechera, la leche con el chocolate que revolvía con una cuchara de madera y yo disfrutaba del olorcito y esperaba ansiosa el momento para saborear tanta exquisitez. Hoy en día, cuando entro a casa de mi abuela "el aroma a chocolate" queda impregnado en mis sentidos y me transporta hacia atrás en el tiempo, y hace que recuerde con anhelo esos momentos imborrables y únicos.
Un día caluroso de verano, mis amigos y yo planeamos una excursión en bici a la cueva del caracol sin que nuestros abuelos se enteraran. Salimos por la mañana y al estar algo retirado mientras subimos y bajamos se nos hizo tarde y nos anocheció un poco. No nos esperábamos que al volver nos encontraríamos con la grata sorpresa de tener a nuestros abuelos buscándonos por todos lados, preocupados sin saber dónde y cómo estábamos. Nunca antes había tenido tanto remordimiento al pensar en la preocupación que le había causado eso a mis abuelos, por mi falta de irresponsabilidad e inmadurez propia de aquellos años.
Porque hay recuerdos que se quedan grabados para siempre por mucho tiempo que transcurra, que dejan huella en tu corazón y por eso no pueden ser borrados. Todo aquello que te causó una emoción fuerte, perdurará en ti para siempre.

LAURA LÓPEZ MARTÍNEZ (1 º BACHILLER A)