sábado, 24 de mayo de 2014


Hallome yo un día de mi tierna infancia contemplando la flagrante expectación de la vuelta ciclista a Sierra Mágina, cuando observé a otros infantes imitando a los profesionales, corriendo con sus vehículos no motorizados en las calles contiguas y decidí hacer lo mismo.
Me dispuse a coger mi bicicleta y unirme a la tropa, ¡pero más que infortunio! En mitad de la emocionante carrera me di cuenta de que sufrí sabotaje y cuando quise dar cuenta ya me hallaba cuesta a bajo y sintiendo una velocidad de 73 Km/h y una aceleración de 5.3 m/s2.
Tenía la esperanza de que algo me frenara, pero lo que me frenó fue un bordillo que me hizo rebotar y caer sobre una piedra tan grande como el peñón de Gibraltar.
El agujero que me hice en la rodilla me pareció tan profundo como la Fosa De Las Marianas. Me llevaron a urgencias en coche rápidamente echando sangre a caños. Cuando llegué a urgencias me atendieron y me hicieron un diagnóstico, me dijeron que me rompí la rodilla y que tenía una rotura en las paredes interescapulares del tricepoide mazocoidal subgalloleico.
Me surgió el pánico cuando un doctor entró con aguja e hilo para cerrarme la herida, nunca había tenido una operación y me iba el corazón a 100 por hora. Mientras me ponían los puntos, el doctor intentaba distraerme hablándome de fútbol y otra cosas.
Al final me pusieron 5 puntos y dos semanas de reposo, aunque la escayola me legaba hasta el cuello y casi me ahoga.
Después de todo esto, todo quedó en un susto (casi infarto) y una cicatriz.

Anónimo;)


Una experiencia única.

Era una noche fría en Huelma, yo me encontraba en mi sillón frente a la chimenea; escuché los pasos de mi padre y me di la vuelta para la ver lo
que quería. Estaba mi tío al teléfono y me dijo que quería proponerme algo; cogí el móvil y empecé a hablar con él y me invitó a ver el Granada - At.Madrid, y no desaproveché dicha ocasión para ver el gran partido que se presentaba.
Acabé el instituto, cogí mi camiseta y mi bufanda y puse rumbo a Granada. Allí me esperaban mis primos y mi tío, nos fuimos para el estadio con toda la afición del Granada, cantando por las calles para ayudar al equipo a intentar ganar el encuentro que era de vital importancia. El recibimiento fue bastante caluroso, los jugadores se encontraban grabando la llegada al estadio desde sus teléfonos móviles, no daban crédito a lo que veían. 
Entramos al estadio y los jugadores empezaron a calentar sobre el terreno de juego. Transcurrido un periodo de tiempo, los jugadores ingresaron en el túnel de vestuarios para ponerse la camiseta y escuchar al entrenador. Entonces, se levantó todo el estadio de sus asientos, bufandas y banderas ondeaban al viento, salieron los jugadores y comenzamos a cantar el himno. No había visto otra cosa igual en mi vida, todos cantábamos a más no poder, fue único, no se puede explicar con palabras hay que vivirlo, comenzó el partido y....

                                                      Rafa Martínez García 1º Bachiller A

Una gran victoria

Aún recuerdo perfectamente aquel día, el día en que gané mi primer partido de tenis. Rondaba el mes de mayo y por esas fechas ya comenzaba ha hacer un calor algo irritante, tanto, que cuando comenzabas a jugar un pequeño peloteo y debías correr durante apenas unos instantes para conseguir rematar una bola, tus pies comenzaban a freírse como un huevo frito que intenta corretear y escaparse de una sartén rectangular. 

El partido que yo debía disputar se jugaba a las cuatro de la tarde bajo un inmenso cielo azul y tan despejado que hacía que me sintiera como una diminuta hormiga en nuestro gran planeta. El lugar en que competíamos era el polideportivo San Marcos, mi lugar de entrenamiento habitual, y mi rival era un gran amigo con el que yo practicaba continuamente en los entrenamientos semana tras semana y de cuyo nombre no quiero acordarme. Cuando llegué él ya estaba allí, había llegado unos minutos antes y me estaba esperando, sentado, clavando su mirada en el infinito. Yo supuse que estaba concentrándose, o al menos es lo que me pareció en aquel momento, puesto que ahora pienso en ello y me pregunto si en realidad sólo estaba mirando a las musarañas. Al llegar a la pista nos saludamos y comenzamos a pelotear, estaba muy nervioso así que esa parte no consigo recordarla bien puesto que mi cuerpo era un flan que se movía al son del viento y que no era muy consciente de sus actos. Empezamos el partido y cuando quise darme cuenta iba perdiendo por tres juegos ya que no conseguía alejar los nervios de mí y jugar como realmente podía hacerlo. En ese momento me percaté de que o me tranquilizaba o perdería, así que con un gran esfuerzo y concentración lo conseguí y empecé a remontar el encuentro. El partido duró unas cuatro horas, contando claro está, algunos descansos para refrescarnos. La gran duración se debe principalmente a que era un partido muy igualado. En la última bola de partido los dos arrastrábamos un gran cansancio, pero sacando fuerzas de flaqueza y debido a mi gran ahínco por ganar ese partido conseguí hacer un gran golpeo de derecha para cerrar el partido. Cuando todo acabó sentí una gran satisfacción puesto que había logrado una gran hazaña a nivel personal, aunque sin duda alguna yo me quedaría con el sentimiento de compañerismo y rivalidad que se podía respirar durante todo el partido entre algo más que dos rivales, dos amigos jugando solamente para divertirse.

José Alberto Vico (1º Bachillerato A)
Si hablamos de recuerdos, se me vienen muchos a la cabeza, pero si tuviese que elegir alguno para este relato, seguramente sería sobre aquellos tiempos en los que con apenas 9 o 10 años subíamos al barrio de La Viña.
Allí, subíamos muy a menudo para jugar a todo tipo de cosas y hacernos infinidad de chozas en los arboles. 
Aunque también hacíamos varias travesuras (todo sea por hacer la mejor casa del árbol) como robar los palés de madera de un patio que había por allí.
Con esa misma edad recuerdo de jugar a fútbol día sí y día también, y de quedar por las mañanas tan temprano que nuestros padres nos regañaban a todos por ello. Aunque sin duda, lo mejor eran las incansables caminatas que llegábamos a darnos por todos los carriles y caminos cercanos, con el simple objetivo de saber dónde se acababan, aunque fueron muy pocos los casos en los que les dimos fin.
Porque con esa edad, no importaba mancharse los pantalones de barro o la cabeza de tierra si con ello pasabas un buen rato con tus amigos. 
Y aunque lamentablemente, esos tiempos son cosa del pasado, nunca viene mal recordarlos con tus amigos de la infancia, o por estar haciendo un trabajo de lengua a las 10 de la noche. Y creo que aquellos años, sin saberlo, llegaron a ser los mejores años de los que llevo vividos, en los que más libre era de hacer cualquier cosa, y aunque no nos diésemos cuenta en aquel momento, las experiencias seguirán ahí con nosotros mientras sigamos en el mundo. 

Jose Antonio Leyva 1º Bach. A

La naturaleza más viva que nunca

Nunca olvidaré el olor de aquel verano, el olor de la naturaleza y lo maravillosa que puede llegar a ser. Desde aquel bonito día en el que me perdí en el campo y llegué a aquel lugar tan hermoso no paro de buscar el camino para volver a estar ahí, donde la naturaleza está más viva que nunca.

Un caluroso día de julio, mi familia tuvo la idea de irse al campo todos juntos a pasar el día, todos estaban entusiasmados menos yo, puesto que el campo estaba relacionado con toda clase de bichos e insectos que revoloteaban libremente y que, a mí personalmente, me causaban una extraña mezcla entre miedo y repugnancia. Después de varios intentos fallidos de no ir y quedarme en mi casa, todos nos montamos en el coche y fuimos camino a aquel lugar donde mi madre había pasado gran parte de su infancia y que, junto a mis tíos, tenía sus más bellos recuerdos.

Llegamos a aquel lugar y todos empezaron a hablar, reír y comer y, entre todo el alboroto decidí ir a dar un paseo para poner fin a mi aburrimiento. Estuve andando durante un par de minutos por la zona que conocía hasta que llegué a unos grandes árboles cuyas hojas tapaban una parte del camino. No había estado nunca en ese lugar y decidí explorar lo que había. Crucé entre los dos árboles y llegué a otro camino, mucho más estrecho que los anteriores y con grandes piedras blancas que lo cubrían; continué andando durante bastante tiempo hasta que a lo lejos pude ver el paisaje más bonito que jamás he visto. Desde la distancia se podía ver una gran explanada recubierta de flores de distintos colores, rodeada de enormes árboles con unas flores muy bonitas. Cuando llegué lo primero que hice fue tumbarme entre esas flores y mirar al cielo mientras escuchaba el sonido de los pájaros. En ese mismo instante me di cuenta de lo poco que me había parado a observar a mi alrededor y ver las cosas que me rodean. Aquel paisaje parecía surrealista y, mientras observaba la belleza de aquel hermoso lugar, pude escuchar el sonido del agua. Me acerqué al lugar de donde provenía el sonido y vi un pequeño riachuelo cristalino donde se podían ver al fondo unas brillantes piedras blancas, como las que había en el camino que me había conducido hasta él.

Después de un tiempo observando la belleza de aquel increíble lugar decidí volver con mi familia. Durante el camino estuve pensando la manera para describir aquel hermoso paisaje y que todos lo pudieran observar, pero recapacité y pensé que aquel lugar estaba así porque aún nadie lo había descubierto, así que decidí mantenerlo en secreto para que nada de él fuera destruido y otra persona que se adentrase en él pudiera admirar la naturaleza, que en aquel lugar se encontraba más viva que nunca.
María Fuensanta García Fernández. 1º Bach. B
Fue hace cuatro veranos, cuando yo todavía no sabía nadar, parece vergonzoso, lo sé, porque hoy en día los niños aprenden a nadar en una media de 7 años, pero no había tenido tiempo ni alguien que me ayudase a aprender. Ahora que recuerdo todo lo que pasó me arrepiento de no haber aprendido en su momento. Fueron los peores diez segundos de mi vida, pero ya ha pasado todo y es una experiencia más que nunca podré olvidar.
En ese momento yo tenía 13 años y estaba de vacaciones con toda mi familia en Cádiz. Íbamos siempre a la playa y allí mis primos pequeños y yo nos bañábamos con total libertad, aunque nuestros padres estuviesen vigilándonos todo el tiempo. Digo con total libertad porque la playa siempre se encontraba relajada y nosotros solo andábamos hasta donde podíamos poner el pie firme.
Resulta que un día, desgraciadamente el tiempo hizo que nos volviésemos al bloque de pisos y nos bañásemos en la inmensa piscina que carecía de otra más pequeña. Aunque solo hubiese una, todos los niños jugábamos en ella al cuidado de los mayores y los odiosos manguitos, los veía demasiados infantiles y me daba mucha vergüenza ponérmelos. Eran las cinco y media y había mucha gente en el recinto aparte de toda mi familia que éramos 8 personas: mi madre, mis tíos, mis tres primos, mi hermana y yo.
Mis primos tenían 7, 12 y 4 años respectivamente y ninguno de ellos sabía nadar. Movíamos las piernas como una especie de rana para poder aguantar un mínimo de dos minutos sin estar cogidos del bordillo. 
Recuerdo los gritos como si los estuviera escuchando ahora mismo y todavía al imaginarlo no puedo evitar emocionarme y que mi bello se erice como cuando tenemos frío.
Resulta que al más pequeño parece que le gustaba demasiado el agua porque dos horas después, cuando ya todos habíamos salido de la piscina y habíamos merendado palmeras de chocolate, el pequeño se escapó por un momento. La situación fue así:
Nos encontrábamos la mayoría de mi familia, sin contar los que estaban echando la siesta, jugando a las cartas y mi primo estaba al lado de su madre robándonos a veces algunas de ellas para así reñirle de broma y hacerle reír.
Solo la única que persona que se dio cuenta de que el niño había desaparecido y se encontraba en la superficie de la piscina y boca abajo era yo.
Justo cuando yo había perdido segundos antes, mi primo se encontraba rondando la piscina y fue cuando cayó. Una simple toalla le dio la vida, porque iba a recogerla para meterla en el piso.
Mi cara al ver a mi primo en el agua fue de asombro, no me creía lo que estaba viendo y lo primero que se me pasó por la cabeza fue tirarme a la piscina llorando y gritando: ¡Tita, el niño se ha ahogado! Parecía que mis palabras eran las de Pedro cuando decía que venía el lobo porque bastantes segundos después vieron que yo estaba sumergido con el cuerpo de mi primo encima del mío.
Después del desmayo de mi tía y de la rápida salida del pequeño, yo me encontraba sentado con él en mis brazos. Ahora, él viene todos los días a mi casa para ver lo que hago y pintar dibujos conmigo. Desde ese momento te das cuenta que hay segundos que pueden cambiar tu vida o no.

Adrián Manjón Martínez. 1 Bachiller B
Todavía recuerdo aquellas vacaciones, en las que mi familia y yo pasamos siete días en la playa de Álmuñecar. Todo indicaba que nos lo íbamos a pasar en grande; siete días en un maravilloso hotel con amplias ventanas que mostraban la grandeza del mar, ese hotel tenía camareros muy simpáticos, música muy agradable y todo rodeado de la familia. 
Pero todo dio un giro de 180º. Cuando llegamos a Álmuñecar, dejamos las enormes maletas y nos fuimos directamente a la playa, llena de enormes piedras que transmitía una gran paz y tranquilidad, y que tan buenos recuerdos nos traía. Tras cinco minutos andando bajo el sol abrasador llegamos y disfrutamos de la playa, el sol, la arena y la compañía de la gente.
Yo observaba fascinada cómo todo el mundo disfrutaba de la vida, riéndose, charlando y jugando a diversos juegos, me encantaba mirar cómo jugaban con las palas de playa, me llamaba muchísimo la atención, ver los diferentes y llamativos colores de las pelotas de ese juego. Entre esos colores iba observando cómo todos estaban concentrados en el juego y no apreciaban que una niña de tan solo cinco años los observara con tanta admiración. Entre tanto me distancié de mi familia guiándome por esos llamativos colores que parecían tener vida, anduve y anduve, y cuando quise darme cuenta me había perdido, no encontraba a mi madre y estaba rodeada de gente desconocida,. Empecé a llorar  y una joven mujer con cabello dorado me miró, y me preguntó que dónde estaba mi madre, y yo le dije que no lo sabía. En ese mismo momento oí los gritos desesperados de mi madre y me dirigí corriendo hacia ella. Todavía recuerdo aquel momento, en el que mi madre no paraba de llorar y me regañaba a la vez, nunca olvidaré aquellas vacaciones.

María José Fernández Pérez 1º Bachillerato B

Todo comenzó el  5 de enero hace trece años. Yo tenía cuatro años cuando esa noche fue mágica para mí ya que había crecido un poco más y me daba cuenta de lo que ocurría. Desde ahí para atrás sabía que los reyes magos venían cada año dejando regalos a los niños que se portaban bien pero nunca imaginé que me pasaría eso. Esa tarde era la cabalgata y salí con mis padres a verlos, yo estaba muy emocionada y a la vez nerviosa porque no sabía si me dejarían lo que yo había pedido. Cuando la cabalgata acabó fuimos a un bar a tomarnos algo y de repente entraron los tres reyes magos por la puerta. Nadie lo esperaba, todos los niños estaban sorprendidos menos yo, que me puse a llorar como una loca no sé si de la impresión que me dio tenerlos tan cerca o tal vez tenía miedo a que me llevaran con ellos…era una niña. Un rey mago me vio llorar y se acercó a mi, no recuerdo si era Melchor, Gaspar o Baltasar, lo que sí sé es que me abracé a mi padre y no miraba a nadie. El rey insistía hasta que finalmente me convencieron entre todos y más o menos se me pasó el llanto. Se sentó en una silla y yo con él en su rodilla. Sus dientes eran tan blancos como perlas y su barba tan larga y brillante como la crin de un caballo. Me preguntó si había sido buena durante todo el año y lo que había pedido, contesté que sí y que había pedido la caravana de Barbie y un juego para cocinar. Me pidió que le diera un beso y se lo di. Su cara era tan roja y fría como un helado de fresa, además me dijo que me fuera pronto a dormir y en seguida se lo comenté a mis padres. 
Los reyes magos se fueron y yo fui a casa tan contenta porque eso fue una experiencia única. Me fui a dormir pero antes le puse un vaso de leche a cada uno junto con un bombón y zanahorias para los camellos en una bandeja al lado de mi cama para que repusieran fuerzas porque esa noche sería intensa para ellos. A la mañana siguiente cuando abrí los ojos, había muchos regalos al lado de mi cama y todo lo que había puesto en la bandeja ya no estaba, fue algo mágico… abrí los regalos y estaba todo lo que yo había pedido con alguna cosita de más. Esa noche fue mágica para mí, un bonito recuerdo de la infancia que no se me olvidará nunca.

Bárbara García Alcalá. 1º bachillerato B

Mi hermana pequeña

Imposible olvidar aquel día, ese 7 octubre de 2002 en el que un gran sol resplandecía sobre mi casa.
No sabía cual iba a ser mi reacción, y pensaba en cómo me sentiría al verla. Ya llevábamos varios días esperando ansiosamente su llegada, todos estábamos preparados, y por fin estaba aquí.
Ese día no quería acudir al colegio pero tuve que hacerlo. Recuerdo que durante la mañana no pude concentrarme, aquellas ganas de ver cómo era no me dejaban pensar en otra cosa.
El reloj dio las dos del medio día y el momento se acercaba, salí corriendo hacia mi casa y parecía que no iba a llegar nunca.
Eran las cinco y me encontraba en la puerta del hospital, sabiendo que en unos minutos la tendría delante de mis ojos. Subimos en ascensor hasta la sexta planta.
Lo primero que vi al entrar en esa habitación fue a mi madre, estaba tan contenta que sabía que todo había ido bien (eso me tranquilizó). Mi hermana mayor me acercó hacia donde estaba, y la vi, era tan pequeña que me recordó a mis muñecas. Lo que más me llamó la atención fue su pelo rubio, ya que mi hermana y yo lo teníamos moreno. 
En ese momento supe que la pequeña de la casa ya no era yo, si no la querida Emma.

Marta Segovia Guerrero. 1º BACH-B

Recordando el mundial

Hace ya casi 4 años que ocurrió uno de los mejores momentos de mi vida. El once de julio de 2010, las 13:30 y yo salía desde el aeropuerto de Barcelona hacia  Johannesburgo, Sudráfrica. Me dirigía con mi padre allí solo por ver a La Roja jugar la final del mundial contra Holanda. Mi padre me regaló ese viaje porque sabía mi afán por el fútbol y más por mi selección.
Nos sentamos en nuestra grada correspondiente, bastante cerca del campo, por suerte. Al comenzar el partido todos los allí presentes gritábamos animando a nuestro equipo como locos, para que supieran que toda España estaba con ellos ese día y sobre todo para recordarles que eran grandes.
Fin de la segunda parte y aún iba 0-0, yo estaba muy nerviosa, como si me hubiera tomado treinta cafés, sin poder parar de mirar a los jugadores. Empezó la prórroga, todos mirábamos el juego cómo si nos fuera la vida en ello, y entonces, en el minuto ciento dieciséis, Iniesta marcó. El campo saltó, lloró, se abrazaron, se besaron y por supuesto se gritó el gol con más energía que nunca. Casillas levantó la copa con toda su fuerza. Al finalizar los jugadores se fueron hacia el vestuario y a mi padre se le ocurrió la idea de bajar a esperarlos al vestuario. Yo me negué ya que entrar al vestuario está prohibido y podíamos liarla, pero mi padre se coló y me estiró de tal forma que entré yo también.
Allí escondidos, viendo a los jugadores entrar felices se dejó ver mi torpeza…me escurrí con agua que había por el suelo y todos los jugadores se me quedaron mirando. Yo les dije que había sido un accidente y les rogué que por favor no llamaran a seguridad. Pero no se lo tomaron nada mal y al estar tan felices por su victoria solo me dijeron que no me preocupase. Yo, cada vez más feliz, los felicité por su gran logro y me lo agradecieron muy amablemente, se echaron fotos conmigo y lo mejor fue…que Villa, mi jugador favorito, ¡¡¡me regaló su camiseta!!! En ese momento era la persona más feliz del mundo había ganado mi equipo el mundial, lo había visto en directo, había conocido a todos los jugadores y sobre todo conocí a mi ídolo… ¿qué más se podía pedir?

 Rosalía Oya Montoro 1º Bach B
Recién cumplidos los diecinueve años mi novia y yo fuimos a pasar un fin de semana a una pequeña casa que se encontraba junto a un lago el cual era muy bonito. Recuerdo que al principio todo era extraño, era la primera vez que estábamos en ese lugar y estábamos solos, nadie mas estaba allí. Cuando empezó a atardecer decidimos encender una hoguera para que iluminara un poco la zona y poder comer cuando anocheciera junto a ella. La luna brillaba fuerte, se podía ver su reflejo en el agua del lago.
Ya era totalmente de noche, no se veía nada, solamente la hoguera y la luz que desprendía casi tan fuerte como la del sol. Estábamos preparando la comida para ponerla en las ascuas cuando me di cuenta de que faltaba la bebida, entonces le pregunté a mi novia si podía ir dentro de la casa a cogerlas, a lo que ella me respondió que le daba miedo ya que todo estaba oscuro y solamente el fuego iluminaba la zona en la que nos encontrábamos y la casa se encontraba un poco alejada de aquella zona. En ese momento pensé que llevaba razón y que la casa estaba un poco alejada y si a ella esa idea le aterrorizaba lo mejor es que fuera yo a por la bebida mientras ella esperaba y preparaba la cena.

De camino a la vieja y pequeña casa vi a lo lejos una luz que apenas se dejaba ver; pensé que podía tratarse de un reflejo de la luna o simplemente era mi imaginación que me estaba jugando una mala pasada ya que antes de venir a pasar el fin de semana a esta casa, una anciana que se encontraba en una aldea en la que paramos antes de venir para preguntar si este era el camino hacia la casa del lago, me dijo que en esa casa pasaban cosas extrañas por la noche y que tuviese cuidado, lo que a mi me pareció una tontería y una vieja leyenda que se rumoreaba en esa pequeña aldea. 
Cuando ya me encontraba en la puerta de la casa escuché desde fuera cómo crujían las escaleras que llevaban al desván. Pensé que era el viento, pero al mismo instante sentí unas pisadas lo cual he de admitir que me asustó bastante. Decidí entrar para ver qué ocurría allí dentro, pero cuando puse mi pie dentro de la casa vi que una sombra huía velozmente por la puerta de atrás, me quedé tan impactado que no supe muy bien qué hacer en ese momento; me quedé parado unos segundos que me dieron tiempo para pensar en qué hacer; corrí hacia el lugar donde se encontraba mi novia para ver si estaba bien y contarle lo que había sucedido. Vi que estaba bien y que no sabía nada de lo que le estaba contando, entonces fue cuando decidimos ir rápidamente a por el coche para salir de esa zona y bajar a la aldea para contarle a la policía lo ocurrido.
No tardamos más de diez minutos en llegar a la aldea y entrar en una comisaría para contarle lo que nos había pasado; me llevé una gran sorpresa cuando el policía que allí se encontraba nos dijo que horas antes unas personas habían visto un asesino muy peligroso lo cual nos asusto aún más. Decidimos volver a casa para estar en un lugar a salvo; al cabo de unos pocos días vimos en un periódico que el asesino fue atrapado en una aldea mas alejada de la que estábamos y que nunca había pasado por la cabaña del lago, por lo que pensé y a día de hoy sigo preguntándome ¿Qué era realmente lo que vi en esa casa? ¿era cierto que pasaban cosas extrañas como dijo la anciana o realmente podría ser mi imaginación que por lo que me contó llegué a imaginarme que podría ser cierto?

Francisco Galiano García 1º Bach B
Los primeros años de mi infancia transcurrieron en una pequeña playa de Málaga.
Parece que fue ayer la primera vez que la pisé, con apenas un año. Mis padres me llevaron un día caluroso de verano allí. Cuando llegué, me quedé muy asombrada del paisaje que tenía ante mis ojos: un inmenso e infinito mar azul con un maravilloso sol resplandeciente que parecía una naranja gigante. Me preguntaba sobre esos "pajaritos" (gaviotas) que volaban por encima de mi cabeza en grandes bandadas, en busca de nuevos horizontes. Al pisar la arena blanca y suave, tuve la sensación de que quería jugar conmigo haciéndome cosquillas en mis pequeños pies. El mar, también quería unirse al juego llamándome para que me bañase. Al meterme con mis padres, el agua nos recibió con frialdad, pero, pasado unos minutos comenzamos a entablar amistad.
Jugué durante horas con las olas espumosas, algunas veces acariciándome la piel y otras a una especie de pilla-pilla. Tuve otro buen rato de diversión con la arena, con la que hacía unos bonitos castillos, donde me imaginaba que habitaban las princesas de los cuentos que mamá contaba y en los que había grandes fosos por donde entraba el agua.
Al finalizar el día, me hice muy buena amiga de las olas y la arena y siempre estaba deseando que llegara el día siguiente, para que mis padres me llevaran a jugar a la playa. Recuerdo cómo corrían detrás de mí, porque no me podía contener la emoción que suponía volver a encontrarse de nuevo en ese lugar.
Esta rutina, continuó repitiéndose durante los dos años siguientes, hasta que un día me llegó una noticia...¡Nos íbamos a mudar!¡Mis padres me querían separar de aquella arena y aquellas olas revoltosas!¡Nunca más volvería!
En ese momento, mi memoria fue recopilando todos mis momentos inolvidables en esa playa, y comencé a llorar. Mis padres me consolaron y dijeron que todos los veranos volveríamos allí de nuevo y entonces me quedé más tranquila.

Fui a la playa ese mismo día para despedirme de mis primeros compañeros de juego, la arena y el mar, de mi pequeña playa del Mediterráneo, poblada de gaviotas. En mi memoria quedará grabadas muchas imágenes entrañables de mis tres primeros años: mis rizos ondulados al viento, la brisa del mar en mi cara, el sabor a sal del agua, el tibio sol dorándome la piel y mi pequeña colección de caracolas y piedrecitas.

                                   INÉS SUÁREZ LÓPEZ 1ºBACH B

Momentos efímeros


Era una tarde de otoño, un otoño de esos en los que las hojas de colores ocres bailaban vals con el atardecer, una de esas tardes en las que volvía la nostalgia con la brisa fresca. Sí, de esas tardes en las que el olor a tierra mojada te daba algo más que el oxígeno, te daba la vida.

Había pasado más de un año que no miraba esos ojos color marrón con un fina veta verde alrededor, esos ojos que un día llegaron a ser la luz que alumbraban mis días. Pero ahí estaba, mirándome. Sus pupilas se llenaban de finas lágrimas a la vez que mi corazón latía con fuerza. Mis piernas temblaban cuando se acercaba poco a poco con miedo lentamente hacia mí, distantes, como dos extraños pero a la vez como si no hubiera trascurrido tiempo entre los dos.

Se acercó, me abrazó, y al fin noté cómo era de verdad, algo real, no era otro más de mis absurdos sueños. Hubo un momento de silencio, el tiempo se detuvo y escuché cómo los latidos de nuestros corazones se compaginaban.

Se separó unos centímetros, sus manos temblorosas acariciando mi rostro. No me dijo nada, pero con su mirada me dijo todo. No sé cómo pero supe que esa era la última vez que nos volveríamos a ver.

Ana Expósito González 1º Bach B 
El mes de Agosto del 2012 fui a pasar unos días con mi novio a un hotel que estaba al lado de la playa de Hawaii. Estaba muy contenta por el destino que había escogido ya que me parecía muy bonito por las fotos que me había enseñado la agencia de viajes y me parecía una experiencia irrepetible. 
La peor experiencia que pasé antes de llegar a la isla fue que nos tuvimos que montar en un avión. Yo nunca me había montado en un avión y estaba asustada por el hecho de no haber subido nunca a un avión. La azafata me vio mala cara y me intentó tranquilizar contando su experiencia que tenía en los aviones y que nada malo pasaría. Cuando ya pasaron unos minutos después del despegue yo ya estaba mas calmada y todo me pareció normal durante el vuelo ya que se me hizo muy ameno el viaje al lado de mi novio entre risas. Unas horas más tarde el avión aterrizó. Era un poco tarde así que decidimos ir para el hotel donde nos recibieron con coronas y collares de flores muy coloridas y nos fuimos a descansar ya que nos esperaban unos días muy buenos y preferimos descansar esa noche para el día siguiente disfrutar de la isla. 
Recuerdo que mi novio se levantó un poco antes que yo y me despertó para ver por el gran ventanal que había en la habitación cómo amanecía y el sol se dejaba ver al final del mar. Me pareció una imagen muy bonita y decimos echar unas fotos para no olvidar jamás ese momento. Después de vestirnos fuimos a desayunar donde nos encontramos mucha variedad de comida y frutas distintas a la que habitualmente comíamos en España. Una vez que terminamos de desayunar fuimos a bañarnos a la playa, las fotos que el de la agencia nos había enseñado eran completamente distintas a lo que en realidad era la playa; era mucho mas bonita de lo que vimos en aquellas fotos. La arena era muy fina y no había ni una sola piedra, era preciosa, el agua era tan clara que podía apreciar lo que había en el fondo, se veían muchos peces de colores  y vi uno que en especial me llamó la atención era de rayas de color azul y amarillo. Cuando empezó a atardecer decidimos dar un paseo por la playa y vimos muchas tiendas donde vendía preciosos collares, pulseras, anillos, ropa. Mi novio me compró una pulsera para el tobillo muy bonita y desde ese día la llevo puesta.
Hawaii me pareció un lugar especial que siempre lo recordaré y que me gustaría volver en un futuro.

Pilar Gómez 1º Bach B 
Era la primera vez que me separaba de mis padres tanto tiempo, me lo pasé genial. Yo estaba muy nerviosa porque no sabia lo que iba a pasar pero resultó único y una gran experiencia. 
Me fui de vacaciones una semana con mis primas a la playa de Almería cuando era chica, mis primas estaban encantadas de que yo fuera a su piso. Mi tío Paco me llevó en su coche adonde estaban veraneando, y yo estaba muy inquieta, era un lugar nuevo para mi.
Conocí a mucha gente, hice muchos amigos y estreché mi amistad con mis primas. La mayoría de los días, por la mañana íbamos a la piscina de la urbanización, comíamos en el piso y después por la tarde íbamos a la playa hasta que ya no hacía tanta calor y volvíamos a la piscina. Era muy divertido porque la urbanización donde dormía, estaba al lado de la playa, a pie de playa. Me lo pasé muy bien, ya que mis primas son de mi edad. Sobre todo fue muy divertido cuando fuimos a visitar el puerto y me daba el aire en la cara, sentía mucha paz y tranquilidad; también ese día fuimos a un parque acuático mis tíos y mis primas, y eso no lo voy a olvidar nunca, fue maravilloso, quería repetir en todas las atracciones y me reí mucho.
Cuando llegó la hora de volver a casa, no quería regresar, esa semana fue única, cuando llegué a mi casa le enseñé a mi madre todas las fotos de mis vacaciones con mis primas.

Maria José Rubio López 1º Bachiller B

MI VIAJE AL MAR

Aquel día me levanté a las seis de la mañana, aunque el viaje lo teníamos previsto comenzar a las nueve. Sentía tanta emoción que no podía conciliar el sueño, por primera vez en mi vida iba a ver el mar, podría pisar la arena, bañarme y saltar cuando las olas llegasen hasta mí.
La primera vez que yo vi el mar era una niña pequeña de tan solo cinco años.

Emprendimos el viaje hacia la playa, sentía que el corazón se me salía por la boca de tanta emoción. El trayecto duró tres horas, las más largas de mi vida, tenía unas ganas inmensas de llegar a playa, ponerme el bikini y zambullirme en el agua.
Por fin llegamos a Murcia, ya se podía divisar el mar, incluso vi lanchas atracadas en el puerto con las gaviotas rondando el mar para ver si podían pescar algún pececillo. 
Cuando llegamos a la playa soltamos las cosas y sin pensarlo me quité la ropa y salí corriendo hacia el agua, estaba helada pero no me importó, pudieron más las ganas de bañarme que el frío.
Por primera vez en mucho tiempo estaba disfrutando realmente. Estuve metida en el agua más de dos horas pero para mí el tiempo no pasaba y quería seguir jugando y chapoteando. Por fin había cumplido mi sueño de ver el mar, ya podía decir que era feliz.

ANA PEREIRA LÓPEZ- 1º BACH B
Yo tan solo tenía seis años cuando aquel enero apareció en mi vida. Aún recuerdo sus grandes ojos marrones brillantes y rebosantes de alegría al nacer. Fue toda una ilusión cuando después de una noche en vela esperando, su madre Linda le dio a luz. Gordo era el perro más precioso que jamás había visto. Con el paso del tiempo Gordo creció, era desaliñado y tontorrón, la única cosa que buscaba era alguien a quien serle fiel, y esa fui yo. Siempre estuvo en buenos y malos momentos, celebró los momentos mas álgidos conmigo como nadie, y me acompañó en los momentos más amargos.
Lo que nunca olvidaré será una tarde veraniega en la que me salvó la vida. Salí a darle un paseo por un carril y por el campo, él corría libremente de un lado para otro, retozándose sobre la hierba cuando decidimos volver a casa, ya que todavía nos quedaba una hora y media de camino. A mitad de la vuelta íbamos solos, y de no ser por Gordo, no sabría decir qué hubiera sido de mi . pasó una furgoneta vieja y medio rota, con dos hombres y una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años. A mí me parecieron raros, pero los ignoré porque no me importaba lo más mínimo a dónde se dirigían ni sus intenciones. He de decir que ese carril une mi pueblo con el de al lado, y hay muchos cortijos por medio. 
Transcurrido un buen rato, me di cuenta de que la furgoneta estaba parada en un cortijo que está medio abandonado, y que los tres individuos trapicheaban algo. Yo, entre unos matorrales me escondí a ver que hacían aquellos extraños personajes. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaban derramando bidones de gasolina sobre la casucha y que pretendían prenderle fuego. Para mi desgracia, se dieron cuenta de mi presencia y vinieron a por mi, cogieron a mi perro que ladraba a más no poder, y me ataron a una silla al lado de la casa mientras uno de ellos buscaba algo para prender fuego. Ahí fue el momento en el que Gordo me salvó, se tiró a morder a la mujer, que mientras se recuperaba y los otros dos la socorrían, yo me desaté y llamé a mis padres. Uno de los individuos forcejeaba conmigo mientras otro intentaba capturar a mi héroe. Nunca más supe del paradero de estos tres, lo que si sé es que siempre le deberé la vida al que una vez me prometió serme fiel.

Mª Carmen Soler Torres (1º bachillerato B)

El deporte hace amistades

Cada semana esperaba impaciente que llegara el domingo para ir de carrera. Para mí aquello era fantástico. Me encantaba disfrutar corriendo, visitar otros pueblos, conocer gente...
A día de hoy, ya no practico este deporte, pero tengo muy buenos recuerdos de ello como por ejemplo la primera vez que participé en una carrera. Fue en Bedmar, ya estábamos colocados en la línea de salida cuando el juez dio el pistoletazo de salida y todos salimos a correr. Una chica calló delante de mí y sin conocerla, le ayudé a levantarse y seguimos corriendo. Al terminar la prueba la chica se acercó y me dio las gracias por ayudarla. Desde ese día es mi amiga y aunque no vivamos en el mismo pueblo y lleve mucho tiempo sin verla, sigo manteniendo relación con ella. 
Y otro día que recuerdo perfectamente es la carrera de Huelma de hace un par de años. Al terminar siempre se junta el club para comer y ese día fue muy divertido porque estuvimos cantando en el karaoke y haciendo juegos todos juntos y fue un día de mucha risa.
Durante seis años que he estado corriendo, he conocido a grandes personas y a grandes amigos que ahora para mi son muy importantes y todos los domingos ellos se convertían en mi familia.
Todos los años deseo que llegue la carrera de mi pueblo para volver a verlos y pasar tiempo con ellos. 



La primera vez que salí de España.

Todavía recuerdo como si fuera ayer aquel seis de junio de dos mil trece, cuando viaje a Inglaterra. Desde el primer momento me sentía entusiasmada, todo me parecía impresionante.
Montarme en avión me encantó, sobre todo sentir cómo cada vez iba más rápido hasta que se alzaba en el cielo. Fue una sensación maravillosa.
Cuando llegué a Notthingam y me bajé del avión percibí un olor diferente, como a humedad, pero era extraño, no parecía que estaba en otro país, ya que en nada de tiempo había llegado.
Allí, en el aeropuerto, nos esperaba mi hermana que nos llevaría a la casa donde estaba pasando el año. Tras un pequeño trayecto en autobús llegamos a la casa, el barrio donde estaba parecía sacado de una película. Nada más entrar salió por la puerta un olor a madera que nunca olvidaré. La casa era grande y vieja, pero bastante cómoda. Las escaleras eran muy estrechas y empinadas, sinceramente me daba miedo bajarlas, pero por lo demás se estaba a gustísimo.
Los primeros días los pasé allí, viendo aquella preciosa ciudad, un canal enorme lleno de patos y cisnes, la universidad, un castillos llamado The Wollaton Park que tenía más césped en sus jardines que cinco campos de fútbol, el centro de la ciudad, entre miles de cosas más.
El último día viajamos hasta Londres, una ciudad que soñaba con ver desde pequeña. Nada más llegar visitamos la estación de tren donde se rodó Harry Potter, yo una super fan de este. En Londres fui feliz, muy feliz. Lo que más me impresionó fue que al salir del metro, después de varias paradas, justo enfrente estaba el Big Ben y a los lados las típicas cabinas rojas. 
Cada paso que dábamos nos encontrábamos con algo más extraordinario e impresionante, cosas y lugares como su famosa noria, the tower bridge, las catedrales etc, que tanto había admirado en televisión y fotografías. Todo esto fue como un sueño al que me encantaría volver.

Lucía Valdivia, 1º Bachillerato B

ESA CRIATURA

Escuchamos un extraño ruido, así que todos nos giramos y entonces lo vimos. 
Ocurrió hace unos años, en Málaga. Mi familia, una amiga y yo estábamos pasando un buen fin de semana de verano en un chiringuito justo al lado de la playa. Si mal no recuerdo, había oscurecido del todo y podíamos deslumbrar en el cielo nocturno la gran cantidad de estrellas y una luna cuyo perfil casi se había escondido.
Todo iba bien, la música sonaba de fondo, en el chiringuito solo quedábamos nosotros aunque, a mis padres no pareció afectarles la mirada disimulada del dependiente que nos decía con los ojos "oye, ¿por qué no os vais ya? Estoy cansado de todo el día y vosotros venís aquí y me hacéis pasar horas extra. ¿Es que no tenéis corazón?", o al menos así lo interpretamos mi amiga Ana y yo. 
Nos habíamos cansado del frío sabor que casi ni sentíamos del helado de fresa que un camarero que se fue hace un rato nos había servido amablemente. Por esto, Ana y yo pensamos en comernos algo no tan "frío" y, en seguida recordé que tenía un kinder bueno en mi mochila. La mochila que supuestamente debería estar a los pies de mi butaca pero que, misteriosamente ya no estaba. Inmediatamente, mi mente comenzó a elaborar hipótesis acerca de su desaparición, desde la posibilidad más optimista hasta la más pesimista y fantástica de todas. Pero lo que ocurrió a continuación nos descolocó a todos más aún.
La luz, como si la noche la hubiera absorbido, se apagó y, con ella toda la música y la televisión que sonaba inútilmente. El dependiente, suspirando, se levantó de su sitio y fue hacia la parte trasera del edificio para comprobar los plomos. Ahora sí que estábamos completamente solos. El silencio inundó el ambiente y así permaneció hasta que oímos un leve golpe detrás de nosotros. Mi madre perdió su sangre fría y, como alma que lleva el viento, sacó a gran velocidad una linternita que viene incorporada a los típicos bolígrafos que sirven como recuerdos e iluminó hacia el lugar del ruido. Como mi madre había sido la única en girarse, solo nos quedaba hacerlo a nosotros. Así que todos nos dimos la vuelta y entonces lo vimos.
Era una criatura peluda, del tamaño de una pelota de tenis con dos ojos inocentes pero grandes. Tenía dos patitas finas y, para sorpresa mía, en sus dos pezuñas sostenía mi kinder bueno, el cual devoraba con mordidas pequeñas y rápidas. Cuando parpadeé y volví a mirar, esa criatura había desaparecido. Desapareció delante de nuestras miradas estupefactas y lo que es peor, se llevó mi kinder. Luego, la luz volvió y el come-chocolates no dejó pista alguna de su existencia, excepto mi mochila, que había vuelto al lugar donde debería estar, a los pies de mi butaca.
Ana y yo, aun no sabemos qué podría haber sido aquel ser. Mi padre, el que no deja volar su imaginación y la mantiene atada a la tierra, dice que podría ser algún tipo de mono o algún tipo de mutación de cualquier ratón o, incluso un gato. Pero Ana y yo estamos de acuerdo en que su aspecto no parecía la de un mono y que los gatos no comen kinders. Más aún, sea lo que fuere, los seres vivos, normalmente, no suelen desaparecer, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Puede que algún día descubramos qué pudo ser aquella criatura, pero hasta entonces se mantendrá en una incógnita.

Hecho por: Nadya Svetlana Bernal Makushkina (1º Bach. B)

viernes, 23 de mayo de 2014

MACARRONES PARA CONSEGUIR UNA TABLET

INGREDIENTES
-90 GRAMOS DE BONDAD
-20 GRAMOS DE RESPONSABILIDAD
- 500 GRAMOS DE ESTUDIO
-250 GRAMOS DE BUENAS NOTAS
-115 GRAMOS DE OBEDIENCIA

PREPARACIÓN
PARA HACER UNOS MACARRONES PARA CONSEGUIR UNA TABLET TIENES QUE ECHAR 1 LITRO DE BONDAD AL CAZO , DESPUÉS 20 GRAMOS DE RESPONSABILIDAD Y 500 GRAMOS DE ESTUDIO.
SE CORTA EL FUEGO CUANDO ESTÉ A 250º DE BUENAS NOTAS .
DEJAR REPOSAR A 115º DE OBEDIENCIA Y ESTA LISTO PARA COMER .

JUAN JESÚS PÉREZ VALENZUELA

viernes, 16 de mayo de 2014

GALLETAS DEL AMOR

INGREDIENTES:

250g de alegría.
120g de bienestar.
50g de romanticismo.
250g de armonía.
Una pizca de cariño.
Una tableta de corazón.
Un vaso grande de felicidad.

PREPARACIÓN:

En un recipiente grande mezclamos bien la alegría, con una pizca de cariño y el vaso de felicidad. En otro recipiente mezclamos la armonía y el bienestar y lo incorporamos a la mezcla anterior.
Cuando las dos mezclas tendremos una masa consistente y lo separaremos en moldes que se untará con romanticismo suficiente.
Por  último colocaremos todos los moldes en una bandeja, los adornaremos con pedacitos de corazón y los meteremos al horno durante 20 minutos.

Paula Mitrut (2ºB)



miércoles, 14 de mayo de 2014

Asado inolvidable para pasarlo bien en las fiestas

Ingredientes

50g de Whatsappeo
20ml de perfume
25mg de dinero
10g de inteligencia
5g de ligoteo
2kg de locura
3kg de epicidad

 Preparación

Para empezar, esparciremos en una bandeja alargada, unos 40g de Whatsappeo, dejando unos 10g para después del horneado. Rellenamos el cuenco con 20ml de perfume y ponemos unos 10g de inteligencia, a lo que corresponde unos 25mg de dinero. Antes de hornear ponemos con cuidado situando en el centro 2kg de locura, y justo encima 3kg de epicidad. Horneamos a 200ºC durante 1 hora aproximadamente. A mitad del horneado se añade unos 5g de ligoteo. Si quieres puedes añadir unos 5ml más de perfume a mitad del horneado. Cuando termine el horneado, le podemos añadir los 10g de Whatsappeo sobrante.


Consejo:  Si añadimos más inteligencia, podemos conseguir más gramos de dinero.

Francisco Guzmán Ruiz 2º ESO B :)

Ensalada para pasártelo bien un día de clase

Ingredientes
-100g de alegría
-90g de ganas
-100g de diversión
-80g de felicidad

 PREPARACIÓN
Echamos en un cuenco 80g de felicidad; troceamos 100g de ganas, mezclamos 100g de diversión.
Para conseguir una ensalada perfecta añadimos 100g de alegría.

 Mariola García Justicia 2º ESO A :)

Empanadillas para no tener un accidente

Ingredientes: 

-250 g de conciencia
-1kg de reflejos
-80g de inteligencia
-100g de señales de tráfico

Preparación

Primero empieza a freír los 80 g de inteligencia. Cuando esté  bien preparado, añade 250g de conciencia. Mete en el horno 1kg de reflejos. Cuando se haga, mézclalo con los 70 g de atención y 100g de señales de tráfico y ya saldrá listo para servir.

Consejo: si no cumples ninguno de estos requisitos ve ahorrando para otro coche


Aida Fargas Valenzuela.

ENSALADA DE FELICIDAD

Ingredientes: 

-Una pizca de sal
-300g de salud
-90g de amor
-50g de picardía
-300g de amistad
-una cucharadita de rebeldía
-25g ausencia de problemas

 Preparación
Primero se mezcla 300g de amistad con una cucharita de rebeldía, después de la mezcla, se echa en un recipiente de cristal, y se le echa una pizca de sal. Después de la sal, se le echa 300g de amistad y salud.
Finalmente se mezcla con 90g de amor se remueve.

 Advertencia: Si se le echa menos de 25g de ausencia de problemas no serás lo suficientemente feliz.

 Juan José Encinas Fernández:)

CHICHOPLOS DE LA FELICIDAD

 INGREDIENTES: 

 -1l g de alegría
-600g de humildad
-1kg de salud
-200g de cariño
-300g de sonrisa
-100g de emociones
-2 cucharadas de simpatía
-1 pizca de amor

PREPARACIÓN

Cogemos 1kg de salud y hacemos la masa (será la base y lo fundamental de la vida); Untamos 200 g.  de cariño y 1 pizca de amor; Vertimos 2 cucharadas de simpatía.
 A continuación mezclamos en un cuenco 1l de alegría y 600 g. de humildad; se bate y lo vertimos en la masa; untamos 100 g. de emociones y lo horneamos durante 12'30 minutos a 200ºC; sacamos y lo adornamos con una gran sonrisa.


MIGUEL GUZMÀN FERNÀNDEZ. 2º ESO C =P

Macarrones para el verano perfecto

 Ingredientes:

250g de cofianza con mis padres.
150g de simpatía.
300l de estudio.
Una pizca de bondad.

Preparación:
Llenamos 300 l. de estudio en una cazuela bien honda , después lo mezclamos con una pizca de bondad (pero no mucha). Luego tenemos que freír 150 g. de simpatía y por último y el paso que más cuesta es 250 g.  de confianza con mis padres . Y ya tenemos un buenísimo plato y bien preparado para tener un verano perfecto .

Carmen Martínez  :)

domingo, 11 de mayo de 2014

Un viaje para el recuerdo de la memoria

Aún recuerdo un hecho que definitivamente marcó mi infancia y todavía sigue afectándome hoy día. Este hecho fue mi viaje a Francia. En ese preciso momento, poseía doce años y estaba estudiando primero de la E.S.O.
Por mi edad, era muy joven, aunque no por ello me faltaba entusiasmo y cierta curiosidad. Este viaje estaba programado para alumnos mucho mayores que yo y sobraban muchos asientos, puesto que era caro. Así que, se lo comenté a mi madre que sin dudarlo ni un momento aceptó. De esta manera, me vi en Francia con doce años, viviendo con una extraña familia que no conocía de nada durante una semana.
Después de un viaje de veinte horas aproximadamente, que fue muy cómodo puesto que había mucho espacio, llegamos a La Rochelle. Era una bonita ciudad con mucho verde, situada en el delta de la desembocadura de varios ríos franceses. Cuando bajé del autocar, lo primero que hice fue buscar a la familia que me habían asignado pero no la encontraba. Cuando ya se habían ido muchos de mis compañeros, vi a los lejos una mujer con unos cabellos rubios y desaliñados, alta y con una delgadez casi raquítica; saliendo de un Renault Laguna bastante deteriorado. Se me acercó y me preguntó con un típico acento francés: "¿Chady?" Yo me quedé mirándola fijamente y asentí por lo que me fui con ella en su viejo carromato. Cuando llegué a su casa me presentaron al resto de miembros de la familia. Todos los días íbamos de excursión con el resto de compañeros. Hasta ahí todo normal, sería un viaje normal, uno más en mi atareada vida.
Pero lo más raro del viaje fue la familia. Eran muy oscuros y raros. Llegó un momento en el que temía llegar a casa puesto que Vincent, que era como se llamaba el hijo de esa extraña mujer, tenía dos katanas de enormes dimensiones en su cuarto. Tenía un cierto temor a que cualquier noche pudiera perder mi cabeza, así que no podía conciliar el sueño. Mis sospechas aumentaron cuando la abuela del chico entró en una fuerte discusión con su hija y pude captar: "¿Tu es drogué cien par cien?" En ese momento comprendí en qué tipo de lugar me encontraba. Otra curiosidad de esta casa era que en la cochera siempre había un putrefacto y extraño olor. Un día vi unas bolsas negras en esta cochera que me hicieron sospechar de que algo raro pasaba. Al día siguiente se lo comenté a Alice, mi profesora de francés, que me dijo que no le diera la más mínima importancia. Así hice y de hecho, su consejo me dio tranquilidad hasta que una noche, me levanté de la cama para ir al servicio. Vincent no estaba en su cama, que estaba junto a la mía, y las katanas no se encontraban en su sitio. Salí del cuarto y vi que en la planta baja había una luz encendida. Cuando me acerqué, pude observar en la cochera a todos los miembros de la familia apiñados en torno a algo aunque, en seguida, me apresuré a irme a mi cuarto. Afortunadamente, era mi última noche ahí, al día siguiente me fui de La Rochelle y volví a España.
Al poco tiempo mi profesora me comentó que la familia había sido detenida por practicar rituales de canibalismo, por suerte pude escapar vivo. Ahora todas mis preguntas, habían tenido por fin, una respuesta.

Chady Manuel Porcel Youssoufi 1º BACH A

Recuerdos junto al río

Recuerdo, cada vez que paso por ese sitio, situado a las afueras de mi pueblo, Cambil, cómo pasaba aquellos días de mi infancia jugando en ese sitio. Puede no ser un sitio tan espléndido para muchas personas, pero a mí personalmente me inspira un recuerdo muy dulce de mi infancia, un caminito que sale de Cambil, guiado junto al río, un caminito con un gran follaje a su alrededor, cubierto de árboles, arropándolo en su sombra. En un punto de este camino recuerdo que el curso del río se cruzaba con este y, allí, mis amigos y yo jugábamos a cruzar aquel riachuelo con las bicicletas. Recuerdo que en más de una ocasión caí al suelo y quedé empapado, pero me daba igual, me ponía en pie y seguía jugando ya que no tenía mayor preocupación que mi ropa se secara para cuando llegara a casa y que no me riñera mi madre.
En otra ocasión recuerdo que un amigo cayó y se hizo una herida bastante grande por lo que el grupo de amigos tuvimos que llevarlo a él junto con su bici a su casa para que su madre lo llevara al médico a curar aquella herida; al parecer no fue nada grave y a los pocos días volvió con nosotros a jugar como siempre.
Hoy en día, pasar por allí me hace recordar aquellos momentos en los que solo me importaba divertirme y pasarlo bien sin más, a la vez me produce una preocupación, ya que todo ha cambiado mucho, pero para peor, ya que recuerdo que por entonces, cuando yo iba a ese lugar, estaba todo muy verde, había árboles y plantas por todas partes, pequeños insectos, algún que otro conejo, etc. Sin embargo todas esas plantas están siendo sustituidas por cortijos, todos los animales están desapareciendo debido a los productos que usan los agricultores para quitar las malas hiervas en el campo, y esto a mi entender no es muy bueno, ya que estamos destruyendo el entorno sin darnos cuenta.
Sea como sea siempre quedará el recuerdo de las veces que he jugado allí, de cómo era aquel maravilloso paisaje y con eso, con mí recuerdo tengo suficiente como para poder alegrarme de haber pasado aquella maravillosa infancia con mis amigos en aquel caminito junto al río, aunque los tiempos ya hayan cambiado y ya jugar como antes no sea lo que más deseo en este mundo, siempre podré volver a ese lugar para acordarme de todo aquello con gran anhelo y, a su vez, con gran alegría.

Juan Andrés López Martínez (1º Bto A)